La pelota de los Bravos

Publicación original: 3 de noviembre de 2010

Detesto la pelota.  Lo considero uno de los juegos mas injustos que hay en el mundo.  Eso sin mencionar, que sus propios fanáticos no saben la razón de la mitad de las reglas.

Empecé a ver la pelota cuando estaba en la universidad.  Los estudiantes en mi dorm se sentaban en el lobby del piso para ver por largas horas un hombre tirarle una bolita a otro.  Encontraba el juego largo, lento y aburrido.  Hay que esperar tanto para que algo entretenido pase y probablemente, ese algo entretenido pasa cuando te fuiste a mear.  Por ser social, me sentaba a ver el juego y les preguntaba sobre las reglas, puntuaciones, jugadores, entre otras cosas.  La primera pregunta fue por qué son 9 entradas.  Me estaba extraño porque normalmente, la gente cuenta del uno al diez, no del uno al nueve. Nadie me contestó.  La otra pregunta fue por qué son 3 strikes y 4 bolas, no entendía  el que los números no eran iguales.  Me dijeron que hacer un strike es mucho mas difícil que hacer una bola.  ¡Al fin me convencen con una respuesta!  Lo que me preocupaba era que el árbitro, con su poder autoritario de dictadura militar a lo Hugo Chávez, era el único que decidía si una bola era strike o no.  Una y otra vez se veían los replays argumentando, claramente, que el strike que le cantó el árbitro al pitcher había sido una bola o viceversa.  Los habitantes del país que mas se jacta de su democracia se metían la lengua en el culo y acataban la decisión sin quejarse mucho.  Para colmo, ¿cómo puedes llamar atleta a un viejo de 40 años con una panza de cervecero Schaffer que cuando le da a la bola, le ponen a otro jugador para que corra por él? Por último y lo peor, es un solo bateador contra los nueves jugadores del otro equipo que hay en el parque.  Si este pobre y único jugador le da a la pelota con gran  fuerza y exactitud en el Hiram Bithorn y la saca del parque, la misma jugada con la misma fuerza y la misma exactitud en el Yankee Stadium seria un out.  ¿Por qué? Porque los parques de pelota no miden los mismo.  ¿Alguien me puede explicar? Aparentemente no, porque me mandaron a callar.  Es en ese momento que me percato que la gente puede disfrutar de un deporte sin entender el por qué de las cosas o qué es lo que está pasando.  Cada vez que conocía a una persona que le gustaba la pelota, le hacía las mismas preguntas.  Siempre me contestaban: “porque es así”.

Era el año 2001 y como mi universidad quedaba en New York, la mayoría del cuerpo estudiantil eran fanáticos de los Yankees y el otro 45 % eran fanáticos de los Red Sox.  El odio se podía oler a kilómetros.  Curiosa de la rivalidad, pregunté cuántas veces habían jugado uno contra el otro y cuántas veces había ganado cada equipo.  Un silencio rotundo acaparó el salón.  Todos me miran con cara de incredulidad y por primera vez en mi vida, me sentí como rubia de farmacia que usa el tinte Wella 1290.  Me explicaron “the curse of the bambino”, que los Red Sox le vendieron Babe Ruth a los Yankees para que las esposa del apoderado del equipo pudiera financiar un musical y desde el 1918 no ganaban.  Rewind! Este juego tras de injusto, machista.  ¿Por qué tienen que culpar a una mujer que le gusta el teatro?  En vez de abrir los ojos y aceptar que si un equipo no gana desde hace 90 años, no es mala suerte, ni una maldición, es, simplemente, porque son malos.  Además, ¿cómo se puede ser fanático de un equipo que desde que sus fanáticos nacieron, no ha ganado?  Por otro lado, hay que ser bastante pussy como para ser fanático de un equipo que siempre gana, como los Yankees.  Me contestan que peor están los Cubs y me explican “the curse of the Billy Goat”.  Los Cubs no ganan porque no dejaron entrar a la cabra de Billy porque apestaba.  Pienso que los Cubs no ganan por culpa de otro tipo de cabras, pero la idea me resulta machista también, así que me quedé callada.

Me doy por vencida, antes destestaba la pelota porque no la entendía y ahora que traté de entenderla, la odio mas.  Para el año 2004, ganan los Red Sox y no más maldición del bambino, aunque  Puerto Rico se quedó con otro bambino que me gustaría que mas gente maldiciera, un tal Tito.  No mas pelota para mí.  Hasta que llegó ya saben quién.

La primera mañana que paso junto a mi amor, abro los ojos a eso de las 8:00 am, él ya estaba despierto y vestido con un uniforme de pelotero, gorra y hasta con las líneas esas negras que se hacen debajo de los ojos.  Me dijo: “Tengo un juego, te veo mas tarde”.  Yo pensé que le gustaba el role play, pero me doy cuenta que estaba hablando en serio.  Cierro los ojos y sigo durmiendo.  Cuatro horas mas tarde llega Alfredo, todo sudoroso y me dice muy efusivo que habían ganado.  Meses mas tarde me admitió que había sido el único juego que había ganado su equipo en toda la temporada.   Admito que el uniforme se veía muy sexy, así que como toda perra, se lo quité.  Todos los años, ese día, celebramos  nuestro aniversario.  Desde ese momento supe que la pelota y mi relación se iban a entrelazar eternamente.

El fin de semana después me doy una borrachera de madre en una fiesta y empecé a bailar con cuanto pendejo se me paraba al frente.  Alfredo no dijo nada.  Dos horas después me dice: “Me voy.  Yo vine a estar contigo y aparentemente, tu tienes otros planes”.  Ouch.  Me sentí bastante mal.  Le pido disculpas y le pregunte qué puedo hacer para corregir mi falta.  La respuesta fue: “Ven conmigo a mi juego de pelota mañana”.  Me quedé bruta y le digo que voy feliz de la vida si me contesta las siguientes preguntas y me convence con la respuesta.  Empezamos.

-¿Por qué son 9 entradas?-pregunté yo

-Porque son 9 jugadores y por cada entrada son 3 outs.  Por lo tanto, cada jugador debe tener tres oportunidades de batear por cada juego -responde Alfredo.

Me quedo patidifusa con la respuesta.  Me convenció.

-¿Por qué no todos los estadios miden los mismo?-pregunto

-Se llama “home field advantage”.  Los diseños de los estadios son tan variados que se beneficia al equipo de la ciudad donde se esté jugando, aunque el diamante, en todos los estadios, mide los mismo.

No me convence del todo, pero tiene un punto.

-¿Cuál es tu equipo favorito?

-Los Bravos de Atlanta

-¿Por qué?

-Porque cuando tenia 7 años jugaba en un equipo de pequeñas ligas que se llamaban los Bravos.

No me esperaba una contestación tan adorable.

-¡Voy contigo!

Solo duermo 4 horas y cuando me voy a vestir para ir al juego me doy cuenta que me quedé en el apartamento de Alfredo y la única ropa que tengo son los skinny jeans, la tank top, una chaquetita negra y unas tacas violetas que había usado para la fiesta la noche anterior.  Sin mas remedio, me pongo la ropa y me subo al carro.  Estaba nublado y hacía bastante frío.  Llegamos al parque y Alfredo se apresura para calentar con su equipo.  Yo estuvo alrededor de 25 minutos para llegar a los bleachers.  Las tacas se me encajaban en la tierra húmeda y había que bajar por una jalda de como 5 pies.  Me siento en los bleachers y un frío me recorre todos los muslos.  En menos de 5 minutos tengo las uñas violetas.

Como solamente prestaba atención al juego cuando Alfredo estaba bateando, decido aprovechar y llamar a mi madre y a mi hermana que cumplían años ese día.

-¡Hello mami! Felicidades!

-Gracias, mi amor.

-¿Qué haces?

-Pues aquí en el hospital.

-¿En el hospital?

-Sí, es que hice pancake de desayuno y la mezcla tenía ácaros y a tu hermana le dió alergia.  Se le empezó a cerrar la traquea y corrimos para el hospital.  Llevamos todo el día aquí, pero estamos de los mas bien.

-¿Estás pasando el día de tu cumpleaños en el hospital?

-Nena sí, como cuando parí a tu hermana -me dijo a carcajadas.

Mi familia es bien extraña, se ríen de cosas que harían llorar a cualquier otra persona.

-¿Tú qué haces, Lydia?

-Estoy aquí en un juego de pelota

-¿Qué carajos haces tú en un juego de pelota? ¡Tú odias la pelota!

-Mami, es que vinimos un grupo de gente a ver el juego de un amigo.

Mientras digo esas palabras miro a mi alrededor y soy la única sentada en los bleachers.  Me explico, hay alrederor de 20 hombres en el parque y yo soy la única fanática.

-Por lo menos te entretienes hablando con la gente que tienes al lado.  ¿La estás pasando bien? -pregunta mi madre.

-Sí, mami. Súper.- mentí despiadadamente

Le engancho a mi mamá y casi no siento los dedos del frío.  Trato de caminar por el parque, pero las tacas me lo impiden y es ahí en ese parque nublado, frío y vestida de la noche anterior que me pregunto: ¿Qué me pasa?  Mi madre tiene razón, yo odio la pelota. ¿Qué hago yo aquí?  Un rayo de sol se coló por las nubes, o eso pensé yo, y me percato que estoy loca y perdidamente enamorada de este hombre vestido de pelotero.  En eso Alfredo me agita su mano a lo lejos y yo me hago un ocho, no sé que hacer.  Alfredo se acerca y me dice: “¿Puedes creer que uno de los compañeros de equipo me preguntó si tu eras mi esposa?”.  Me sonrío. “Le dije que llevábamos saliendo hace una semana.  Que cool que la gente se de cuenta de nuestra química”.  Fue ahí que supe que esto iba a funcionar.

Años mas tarde, Alfredo me lleva a mi primer juego de pelota de las Grandes Ligas.  Los Dodgers se enfrentaban a los Bravos en el Dodger Stadium.  Para hacerme la tarde mas llevadera, Alfredo invita a mi mejor amigo, Ruben.  Alfredo se viste de pies a cabeza de los Bravos y el resto de nosotros nos pusimos nuestros uniformes de los Dodgers.  Mientras llegábamos a nuestros asientos, decenas de personas empiezan a abuchear a Alfredo, y el levanta sus brazos en señal de victoria.  Si hay algo que admiro de Alfredo es el que a él no le importa un carajo lo que piensa la gente.  Es muy refrescante.   Jamás pensé que me iba a divertir tanto.  Me comí un hot dog, un cotton candy, un pop corn, unas papas fritas con mojito de ajo y un Cuba Libre de como 64 onzas.  Estuve todo el juego poniéndome al día con Ruben y aplaudíamos cuando todo el mundo lo hacía.  De repente, un loco brinca al parque y comienza a bailar.  Alrededor de 14 guardias de seguridad corren como locas detrás de él.  Lo tiran al piso y lo arrestan.  El suceso fue bastante violento.  Alfredo se para y comienza a gritar ritmicamente: “Let him dance” y de repente, todo el estadio coreaba lo mismo.  Si hay otra cosa que admiro de Alfredo, es su poder de convocatoria.  Cada vez que los Bravos anotaban, el corría a donde los 5 fanáticos que habían de los Bravos en los miles de personas en el estadio para celebrar.  Los Bravos ganan y a él por poco le da un infarto.  Una anoréxica detrás de mí le dice: “Go back to your town, freak”.  Yo estaba totalmente insulatada, hasta que Alfredo le contesta: “I’m not from Atlanta, bitch!”.  Sí, ese es mi macho.

A los dos meses, Puerto Rico gana los dos primeros juegos del Clásico de Baseball y si ganaban el tercero, la semifinal sería en el Dodger Stadium.  Alfredo tiene nueva misión en la vida, comprar taquillas y conseguir pleneros que fueran con él a animar al equipo de Puerto Rico.  Comienza a hacer las llamadas para reclutar fanáticos, conseguir instrumentos musicales caribeños y banderas.  Puerto Rico pierde el juego antes de la semifinal y a mi hombre le da una perreta infantil, se sienta en el sofa de la sala y se le aguan los ojos: “ Este equipo siempre hace lo mismo”.  Le digo que no era para tanto.  Me dice que sí.  Salimos a cenar y cuando regresamos a la casa había una caja en la puerta.  Le pregunto que si sabía lo que era y me dijo que sí, que la abriera porque el no quería.  Me estuvo raro, busco una navaja, abro la caja y encuentro una jersey del equipo de Puerto Rico con mi apellido y mi número favorito.  Me dice: “Era para que te la pusieras para ir al juego, pero los mamones perdieron”.  Me dió mucho sentimiento y ahí empiezo a entender un poco mas a los fanáticos de la pelota.  No es que un equipo gane para demostrar que es mejor que otro.  Es el significado de orgullo e identidad que le da un país o una ciudad a su equipo.

Cuando nos mudamos a Puerto Rico, pensé que iba a descansar un poco del baseball.  Una mañana, mejor dicho, tarde, me despierta Alfredo muy romántico y me pregunta: “Si yo compro pasajes para ir a Atlanta y ver el juego de los Bravos en los playoffs, ¿irías conmigo?”.  Me creo que todavía estaba dormida y soñaba, pero después de 5 segundos me ubico.  Durante estos años con Alfredo he aprendido que mientras mas le sigues la corriente a cuanta idea absurda el te presenta, mas se goza.  Pues le dije que si.  Alfredo llama despavorido a su amiga Ilene, que vive en Atlanta y ella, como buena amiga, lo empieza a alentar, como si él lo necesitara, y nos ofreció estadía.  Compramos pasajes y boletos.  El único problema era que si los Bravos perdían el juego del próximo día, el juego para el que compramos boletos y pasaje, no se iba a dar.  Paso 24 horas con el corazón en la garganta.  Ví el juego entero por la tv y ganan.  Por fin, pude respirar.  Dos días mas tarde estaba en un avión rumbo a Atlanta.  Llegamos y nos recibe Ilene.  De las miles de amigas que tiene Alfredo, ella es de las pocas que me cae bien.  Ilene es una mujer de esas que te dice las cosas sin “frosting”.  Yo me identifico y aprecio grandemente ese nivel de honestidad que mucha gente llama, erróneamente, poco tacto.  Llegamos a su casa y su esposo, Alberto, nos dice que cumplían 8 años de casados en dos días.  Nos dimos el “welcome drink” y los observo por un rato sin decir nada.  Ilene se reía de los chistes de Alberto como si fuera una adolescente y a Alberto se le cristalizaban los ojos cada vez que la miraba.  Fui testigo de una complicidad entre una pareja que despues de 10 años juntos, 8 años de casados y dos hijas, cual mas linda y picoreta de las dos, se trataban como si todavía fueran novios.  Aprendí que para que una pareja funcione no se puede privar a la otra persona de la libertad de ser quien es.

Despues de ir al acuario, CNN, al museo de Coca-Cola y de comprarme la gorra, tank top, y pantalones cortos de los Bravos, llegamos al Turner Field Stadium.  Alfredo nunca había ido al templo de su equipo favorito.  Los ojos le brillaban y corría como un loco por todos lados, parecía un niño de 6 años cuando lo llevan a Disney por primera vez.  Nos sentamos a ver el juego y la única carrera que hicieron los Bravos pasó cuando Alfredo fue al baño.  Sí, se la perdió.  Ilene, Alberto y yo nos miramos con expresión de “O no! Embuste!”.  Alfredo llega decepcionado e Ilene para consolarlo le dice: “¿Para qué te vas cuando tu equipo está bateando? Bueno que te pase”.  Alfredo admite que ella estaba bien.  Seis entradas mas tardes los Giants hacen 2 carreras, Los Bravos pierden y se eliminan.  Asi que pasamos de tener la oportunidad de ver a los Bravos pasar a la final, a ver la eliminación del equipo.  Alfredo colapsa en su asiento y se le aguan los ojos.  Lo único que pude decir para consolarlo fue: “Por lo menos, viste el ultimo juego de Bobby Cox”.  Se levanta sin mirar atras.  Todos le cogimos pena.

Mientras Alfredo camina cabizbajo hacia el carro, le digo: “Levanta esa cara bella y barbuda y ríete.  ¿Sabes todos los fanáticos de Atlanta que nunca verán un juego de ellos en este parque porque no tienen los cojones de comprarse un pasaje y llegar hasta acá? Yo soy una de esas personas.  He sido fanática de Rafael Nadal por mucho tiempo y nunca lo he visto jugar en persona”.  Alfredo me mira y responde: “Yo te llevo al proximo US Open para que lo veas”. Después de toda esta odisea, coño, me lo merezco.

Del amor, Metallica y otros demonios

Publicación original: 21 de octubre de 2010

nolifetilmetal.com

Si hay algo más parecido a un endemoniado; definitivamente, lo sería una persona que disfrute del heavy metal.  Nunca he podido “apreciar” ese extraño género musical de hombres peludos cantando con una carraspera tuberculosa, el fin de los días y de como todos vamos a terminar quemándonos en el infierno.  La primera vez que escuché este tipo de música estaba en 9no grado.  Mis amigos habían descubierto, más allá del rap underground de Vico C, estas bandas ensordecedoras que causaban palpitaciones en el corazón y todos brincaban de arriba para abajo sin ritmo como saltamontes tratando de alcanzar el movimiento incontrolable de las hormonas juveniles.  Con mucho orgullo, nos negabamos a bailar al ritmo de Ruben DJ, Wiso G o MC Ceja.  Mis clases privadas de historia de la música metal llegaron con mi primer novio.  Es en este momento que descubro los nombres de las bandas que escuchaban todos mis amigos, entre ellos: Sepultura, Misfits, Pantera, Black Sabbath, Iron Maiden, Slayer, etc y peor aún, las carátulas de los discos: cruces, cementerios, niños llorando, muñecos voodoo, murciélagos, monstruos, fuegos, relámpagos y mucho negro.  Aprendí que el símbolo por excelencia es la calavera, como los piratas.  En otras palabras, si el Pirata Cofresí hubiera nacido por estos años, en su barco se escucharía heavy metal y Quebradillas, la guarida del pirata, sería su cuna musical.

Si interesante son los símbolos, mejor aún es la vestimenta.  No sé si era rebeldía por estudiar en un colegio católico de monjas endemoniadas (cual monja no lo está), pero en esto admito que pequé.  Durante mis 14 y 15 años vestía toda de negro, con sombrero, medias de mallita, botas hasta la rodilla y pantalones de cuero, muy adecuado con el clima húmedo y tropical de Puerto Rico.  Me maquillaba los ojos con sombra negra y hasta los labios con lipstick negro que compraba a montones en la época de Halloween para que me durara todo el año.  Mi novio me decía que era una hipócrita, que yo no escuchaba esa música y que ni siquiera me gustaba, pero me vestía como si fuera una gran fanática.  Hasta que un día me compré un pin que decía “I dressed this way to bother you”.  Nunca volvió a tocar el tema.  Disfrutaba la cara de la gente cuando me veían pasar.  Siempre me ha gustado joder a los demás y de eso se trata el metal, un escape a la jodienda puta de la vida.  La música, no gracias.

Hasta que un gran día como cualquier otro en mi infierno de escuela, me llaman a mí y a todos mis amigos a la capilla que el cura del pueblo quiere hablar con nosotros.  El cura escupe: “Mis niños, no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.  Ustedes con esa música lo estan llamando y yo tengo experiencia.  Yo he visto exorcismos y se los poderes de lo oculto”.  Yo no sabía que en el seminario se estudiaba que para llamar al diablo había que escuchar heavy metal.  Cuando mi padre se entera corre a demandar al colegio y todo el asunto termina con una reunión de padres para que el cura nos dijera con su acento colombiano del cartel de Medellín, lo excelentes niños que éramos.  Definitivamente, Satanás no estaba en la música, sino vivito y coleando paseándose por la plaza pública de Hatillo.

buzzrocks.com

Me di cuenta del poder social de este género y seguí preguntando.  Me entero que el padre del metal lo es Ozzy Osbourne.  Cuando vi una foto de Ozzy Osbourne por primera vez no entendía la fascinación de nadie.  Pregunté por que tenía una túnica negra, a lo que me contestaron que estaba vestido de cura satánico.  Ya yo había conocido a uno y sí, admito que se veían igual de enfermos mentales. Le decía a mi novio, ese hombre es un viejo que puede ser tu padre y mientras más se lo criticaba, más lo idolatraba él. “¿Cómo vas a decir eso? Ese hombre, en un concierto, le arrancó con la boca la cabeza a un murcielago”.  Pensé, tras de viejo, está de manicomio.  Pobre Batman, podría terminar degollado por un cantante de heavy metal y con él, la esperanza de ciudad gótica.  Que ironía!  Pero no termina ahí, mi novio muy emocionado me dice, “Tambien le arrancó la cabeza con la boca a una paloma en una reunión que tenía con su casa disquera”.  ¿Qué se supone que yo contestara? Bueno, eso explica muchas cosas de los exponentes del género.  Para ser más gráfico, me enseña una foto del momento y veo a un hombre con el pelo hasta los hombros y la boca llena de sangre sentado en un escritorio.  El símbolo de la paz termina en la boca de un cantante de heavy metal y pienso: “este hombre es un genio”.

Si Ozzy es el padre del metal, los dioses de este género musical lo son Metallica.  Por lo menos, al cantante se le entendía lo que decía.  No que me agradara mucho.  Sin querer queriendo, acabé aprendiéndome algunas canciones.  Las tenía que escuchar una y otra vez cuando mi novio me conducía de nuestra escuela en Hatillo hasta nuestro pueblo, Lares.  El Camaro blanco del ’84 que conducía se convertía en un mini concierto.  Llegaba  a Lares azorada, despeinada y a punto de un ataque al corazón.  Ahora, le tenía prohibido a mi novio escuchar ese tipo de música cuando fueramos de camino a una cita.  Entonces, escuchábamos a Luis Fonsi y el muy fuerte, que le cantaba a lo oculto, se le ablandaba el corazón y cantaba las estúpidas baladitas.  Un día me dice: “tenemos que escuchar a Metallica con la orquesta sinfonica de San Francisco” y admito que la propuesta estuvo muy interesante.  Mezclar vinagre y aceite, mejor dicho, música clásica con metal era algo innovador y se escuchaba muy bien.  Lástima que para ese tiempo me fui para la universidad y atrás quedaron mi novio y todo lo relacionado con el metal, excepto por el programa de televisión The Osbournes.  Me doy cuenta que después de comer palomas y murciélagos, el ídolo de mi ex, terminó sentado en su casa sin que nadie le entiendiese lo que decía, sufriendo de Parkinson.  Mi ex se rehusaba a ver el programa y a mí me fascinaba.  Se acabó el heavy metal para mí.

guitarinternational.com

Seis años más tarde, mujer nueva en una ciudad nueva, me tropiezo con un hombre muy interesante, guapo, alto, inteligente y boricua.  Me invita a salir y yo con la boca hecha un charco digo que sí.  Subo a su auto y en su ipod escucho a Metallica.  Me pregunta si conocía esa canción y le digo es Master of Puppets de Metallica.  Poco sabía yo lo mucho que le gustaba, era su ringtone.  Abre sus hermosos ojos grandes y me pregunta si me gustaba la banda y le digo que no, que el novio que tenía en la escuela le gustaba mucho y a la mala me aprendí algunas canciones.  Este hombre se convierte en mi adorado novio (no porque me sabia la canción, pero pienso que ayudó).  Consigue nueva misión en la vida, llevarme a un concierto de Metallica.  Yo estaba muy escéptica a la idea.  Quería lograr lo que el primer amor de mi vida, no logró.  Para colmo, sonreía de oreja a oreja y me decía, no tan solo vas a ir sino que te va a gustar.  Dejé pasar la idea, pero cada vez que dormía en los brazos de mi nuevo amor, me despertaba con el corazón en la boca escuchando “MASTER! MASTER!”.  No era muy grato escuchar el grito de guerra a la primera hora de la mañana.

Un año y varios meses después, me llama mi adorado y me dice: “Te tengo una sorpresa.  Tienes que vestirte cómoda y alternativa”.  Me lleva a un teatro y leo Metallica.  Me llegó el día.  Mi novio, después de tanto negociar, compra las taquillas ilegalmente en la calle.  Entro al teatro y puedo apreciar los cientos de personajes en el público.  Hombres que tienen perforados lugares que no quiero saber, mujeres con botas de plataforma de 6 pulgadas y un niño de 8 años al lado de un hombre que decía muy orgulloso que ese era su hijo.  ˘¿Dónde estaría la madre?  Comienza la función y todo el mundo enloquece.  Curiosamente, los integrantes de la banda estaban muy bien recortaditos.  Mi novio se la pasó la noche entera enviandole mensajes de texto a un amigo diciéndole el orden de las canciones que tocaban.  Me dediqué a mirarlo todo desde la perspectiva mas objetiva posible.  Todo el mundo levantaban los puños al unísono, era fascinante la muy buena coordinación.  Cantaban  a coro y yo sin entender ni papa.  Tiraban vasos, hielo, tragos y hasta gente.  El concierto termina en menos de dos horas y cuado salgo del lugar noto que me había quedado sorda por mi oído derecho.  Admito que me divertí, no tan solo por el espectáculo en la tarima, pero por el otro espectáculo alrededor mío.  Pensé que todo terminaria ahí.  Pues me equivoqué.

yei23.wordpress.com

A veces me sorprende mi ingenuidad.  En ese tiempo, me mudo para Puerto Rico.  Llevo pocos meses acá y de repente, comienza un rumor por internet que Metallica venía para Puerto Rico.  Mi novio me dice, tenemos que ir.  Le digo que ya yo había cumplido, no más Metal para mí.  “Mi amor, tu no entiendes.  Metallica nunca ha tocado en Puerto Rico.  Vinieron hace 17 años y se tuvieron que ir porque era en el Hiram Bithorn y llovió.  Se formó un motín. La gente empezó a tirar sillas, a romper el escenario y hasta arrancaron inodoros del piso y los tiraron a las gradas.  Yo estaba allí.”  ¿Se supone que le coja pena con ese relato? Porque no está funcionando.  Le contesto que ya yo había visto a Metallica.  Me dice que la experiencia en un coliseo, no es la misma que en un teatro.  Me doy por vencida.  Total, con un buen cuba libre en las manos puedo chuparme hasta un concierto de Ricky Martin.  Como mi novio no puede comprar las taquillas legalmente como todo ser humano, llamamos a una gran amiga que trabaja en la compañía que administra el choliseo para que nos separara nuestros asientos el dia antes de que salieran a la venta.  Admito que este trato VIP me estaba gustando.  Después de mucho drama de venta de taquillas, de querer ser el opening act, de escoger la gente que queríamos tener al lado de nosotros, llega el gran día.  Llegamos tarde para no ver a los teloneros.    Me siento sola porque mi novio tenía demasiado culillo como para sentarse antes de que empezara el concierto.  Eso sí, ya me habían comprado mi cuba libre.  El escenario era en el centro del coliseo y en la parte de arriba, en el techo, habían, no 4 calaveras porque eso es demasiado genérico para la mejor banda de metal en el mundo, pero 4 ataúdes.  Tengo que decir que se veían de lo mas cool.  Con las luces encendidas, suben 4 luminotécnicos por unas escaleras de soga hasta llegar al tope de las ataudes, se sientan en una area sumamente incómoda y permancen allí el resto de la noche.  La gente comienza a gritar y cuando miro a mi alrededor, todo Puerto Rico se vistió de negro para el velorio.  Decenas de guardias se paran alrededor de la tarima, velandola mas cuidadosamente que la puerta principal del Capitolio.  La fanaticada olía que el concierto iba a comenzar y todos llegaron a sus asientos.  He ido a mas de una decena de conciertos en el choliseo y jamás lo había visto tan lleno y rabioso como aquel día.  Se apagan las luces y unos gritos ensordecedores se escuchan por cada esquina.  El concierto comienza con una música clásica sentimental.  La gente gritó por más de 3 minutos, hasta que de repente se ilumina el escenario por unas luces en forma de rayos laser.  Se veía espectacular y si yo creía que los gritos eran ensordecedores antes, los de ahora eran gritos de histeria, como cuando fui a ver a Menudo por primera vez, pero en un tono más bajo.  Suben al escenario escoltados y BOOM vemos a los ídolos de todo adolescente rebelde que estudió en San Ignacio.  En ese momento, les aseguro que alguno de esos macharranes tatuados hasta las narices se le tuvo que haber salido una lágrima.  El cantante saluda “How are you? Puerto Rico” y el público reacciona conviertiendo a James Hetfield en un John Lennon del metal.  Mi novio me decía: “tienen que hacer referencia al concierto de hace 17 años.” Le digo que dudo mucho que se acuerde y en eso, James Hetfield, haciéndome quedar mal, dice: “No rain this time” y Alfredo pierde la cabeza: “Te lo dije! Ese momento es inolvidable para todos los que estuvimos allí.” Cualquier cosa que dijese Jamesito, mi novio le contestaba, hasta que me dice: “Yo me estoy comiendo el cuento bien cabrón”.  Y yo le respondo que sí. Me dice: “No importa. En uno de los tours de ellos, yo los seguí por 4 ciudades.  Yo me voy a comer el cuento feliz”.  Pues que bien.  El concierto estuvo muy entretenido.  Me cantaron todas las canciones que queria escuchar y la pase muy bien.  Hasta que llega el final, encienden las luces para la última canción y en ese momento, toda estrella del pop habría tirado confetti, pero eso es muy pussy para los metaleros.  Asi que me quedo esperando que harán para el final.  Para mi sorpresa, del techo salen bolas de playa negras.  ¿Alguien me puede explicar? La gente se las peleaban como si estuvieran en el festival del Kamea-mea.  Despues tiran las uñas de tocar la guitarra y la gente se tiraba a buscarlas como si les estuvieran tirando maíz a las gallinas en una cloaca.  Los fanáticos actuan igual, no importa quienes sean sus ídolos.

Y me doy cuenta, el metal no es la reencarnación de los piratas, no es la música del demonio, sus seguidores no necesitan exorcismos.  Es un género musical de gente que pretende que no le importa nada.  Es música para salirse de la norma y de lo corriente.  Es tiempo para recordar que esta vida no hay que tomarla tan en serio, que aunque sea una hostia puta y la gente te quiera fastidiar cada paso que das, todo se acaba en las cruces de la carátula del disco Master of Puppets de Metallica.  Mi consejo: ríe, bebe, y escucha la música que te salga de los cojones.

Te lo dedico a tí, mi adorado Alfredo, por ser mi amor, mi música y mi demonio.