Del amor, Metallica y otros demonios

Publicación original: 21 de octubre de 2010

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Si hay algo más parecido a un endemoniado; definitivamente, lo sería una persona que disfrute del heavy metal.  Nunca he podido “apreciar” ese extraño género musical de hombres peludos cantando con una carraspera tuberculosa, el fin de los días y de como todos vamos a terminar quemándonos en el infierno.  La primera vez que escuché este tipo de música estaba en 9no grado.  Mis amigos habían descubierto, más allá del rap underground de Vico C, estas bandas ensordecedoras que causaban palpitaciones en el corazón y todos brincaban de arriba para abajo sin ritmo como saltamontes tratando de alcanzar el movimiento incontrolable de las hormonas juveniles.  Con mucho orgullo, nos negabamos a bailar al ritmo de Ruben DJ, Wiso G o MC Ceja.  Mis clases privadas de historia de la música metal llegaron con mi primer novio.  Es en este momento que descubro los nombres de las bandas que escuchaban todos mis amigos, entre ellos: Sepultura, Misfits, Pantera, Black Sabbath, Iron Maiden, Slayer, etc y peor aún, las carátulas de los discos: cruces, cementerios, niños llorando, muñecos voodoo, murciélagos, monstruos, fuegos, relámpagos y mucho negro.  Aprendí que el símbolo por excelencia es la calavera, como los piratas.  En otras palabras, si el Pirata Cofresí hubiera nacido por estos años, en su barco se escucharía heavy metal y Quebradillas, la guarida del pirata, sería su cuna musical.

Si interesante son los símbolos, mejor aún es la vestimenta.  No sé si era rebeldía por estudiar en un colegio católico de monjas endemoniadas (cual monja no lo está), pero en esto admito que pequé.  Durante mis 14 y 15 años vestía toda de negro, con sombrero, medias de mallita, botas hasta la rodilla y pantalones de cuero, muy adecuado con el clima húmedo y tropical de Puerto Rico.  Me maquillaba los ojos con sombra negra y hasta los labios con lipstick negro que compraba a montones en la época de Halloween para que me durara todo el año.  Mi novio me decía que era una hipócrita, que yo no escuchaba esa música y que ni siquiera me gustaba, pero me vestía como si fuera una gran fanática.  Hasta que un día me compré un pin que decía “I dressed this way to bother you”.  Nunca volvió a tocar el tema.  Disfrutaba la cara de la gente cuando me veían pasar.  Siempre me ha gustado joder a los demás y de eso se trata el metal, un escape a la jodienda puta de la vida.  La música, no gracias.

Hasta que un gran día como cualquier otro en mi infierno de escuela, me llaman a mí y a todos mis amigos a la capilla que el cura del pueblo quiere hablar con nosotros.  El cura escupe: “Mis niños, no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.  Ustedes con esa música lo estan llamando y yo tengo experiencia.  Yo he visto exorcismos y se los poderes de lo oculto”.  Yo no sabía que en el seminario se estudiaba que para llamar al diablo había que escuchar heavy metal.  Cuando mi padre se entera corre a demandar al colegio y todo el asunto termina con una reunión de padres para que el cura nos dijera con su acento colombiano del cartel de Medellín, lo excelentes niños que éramos.  Definitivamente, Satanás no estaba en la música, sino vivito y coleando paseándose por la plaza pública de Hatillo.

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Me di cuenta del poder social de este género y seguí preguntando.  Me entero que el padre del metal lo es Ozzy Osbourne.  Cuando vi una foto de Ozzy Osbourne por primera vez no entendía la fascinación de nadie.  Pregunté por que tenía una túnica negra, a lo que me contestaron que estaba vestido de cura satánico.  Ya yo había conocido a uno y sí, admito que se veían igual de enfermos mentales. Le decía a mi novio, ese hombre es un viejo que puede ser tu padre y mientras más se lo criticaba, más lo idolatraba él. “¿Cómo vas a decir eso? Ese hombre, en un concierto, le arrancó con la boca la cabeza a un murcielago”.  Pensé, tras de viejo, está de manicomio.  Pobre Batman, podría terminar degollado por un cantante de heavy metal y con él, la esperanza de ciudad gótica.  Que ironía!  Pero no termina ahí, mi novio muy emocionado me dice, “Tambien le arrancó la cabeza con la boca a una paloma en una reunión que tenía con su casa disquera”.  ¿Qué se supone que yo contestara? Bueno, eso explica muchas cosas de los exponentes del género.  Para ser más gráfico, me enseña una foto del momento y veo a un hombre con el pelo hasta los hombros y la boca llena de sangre sentado en un escritorio.  El símbolo de la paz termina en la boca de un cantante de heavy metal y pienso: “este hombre es un genio”.

Si Ozzy es el padre del metal, los dioses de este género musical lo son Metallica.  Por lo menos, al cantante se le entendía lo que decía.  No que me agradara mucho.  Sin querer queriendo, acabé aprendiéndome algunas canciones.  Las tenía que escuchar una y otra vez cuando mi novio me conducía de nuestra escuela en Hatillo hasta nuestro pueblo, Lares.  El Camaro blanco del ’84 que conducía se convertía en un mini concierto.  Llegaba  a Lares azorada, despeinada y a punto de un ataque al corazón.  Ahora, le tenía prohibido a mi novio escuchar ese tipo de música cuando fueramos de camino a una cita.  Entonces, escuchábamos a Luis Fonsi y el muy fuerte, que le cantaba a lo oculto, se le ablandaba el corazón y cantaba las estúpidas baladitas.  Un día me dice: “tenemos que escuchar a Metallica con la orquesta sinfonica de San Francisco” y admito que la propuesta estuvo muy interesante.  Mezclar vinagre y aceite, mejor dicho, música clásica con metal era algo innovador y se escuchaba muy bien.  Lástima que para ese tiempo me fui para la universidad y atrás quedaron mi novio y todo lo relacionado con el metal, excepto por el programa de televisión The Osbournes.  Me doy cuenta que después de comer palomas y murciélagos, el ídolo de mi ex, terminó sentado en su casa sin que nadie le entiendiese lo que decía, sufriendo de Parkinson.  Mi ex se rehusaba a ver el programa y a mí me fascinaba.  Se acabó el heavy metal para mí.

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Seis años más tarde, mujer nueva en una ciudad nueva, me tropiezo con un hombre muy interesante, guapo, alto, inteligente y boricua.  Me invita a salir y yo con la boca hecha un charco digo que sí.  Subo a su auto y en su ipod escucho a Metallica.  Me pregunta si conocía esa canción y le digo es Master of Puppets de Metallica.  Poco sabía yo lo mucho que le gustaba, era su ringtone.  Abre sus hermosos ojos grandes y me pregunta si me gustaba la banda y le digo que no, que el novio que tenía en la escuela le gustaba mucho y a la mala me aprendí algunas canciones.  Este hombre se convierte en mi adorado novio (no porque me sabia la canción, pero pienso que ayudó).  Consigue nueva misión en la vida, llevarme a un concierto de Metallica.  Yo estaba muy escéptica a la idea.  Quería lograr lo que el primer amor de mi vida, no logró.  Para colmo, sonreía de oreja a oreja y me decía, no tan solo vas a ir sino que te va a gustar.  Dejé pasar la idea, pero cada vez que dormía en los brazos de mi nuevo amor, me despertaba con el corazón en la boca escuchando “MASTER! MASTER!”.  No era muy grato escuchar el grito de guerra a la primera hora de la mañana.

Un año y varios meses después, me llama mi adorado y me dice: “Te tengo una sorpresa.  Tienes que vestirte cómoda y alternativa”.  Me lleva a un teatro y leo Metallica.  Me llegó el día.  Mi novio, después de tanto negociar, compra las taquillas ilegalmente en la calle.  Entro al teatro y puedo apreciar los cientos de personajes en el público.  Hombres que tienen perforados lugares que no quiero saber, mujeres con botas de plataforma de 6 pulgadas y un niño de 8 años al lado de un hombre que decía muy orgulloso que ese era su hijo.  ˘¿Dónde estaría la madre?  Comienza la función y todo el mundo enloquece.  Curiosamente, los integrantes de la banda estaban muy bien recortaditos.  Mi novio se la pasó la noche entera enviandole mensajes de texto a un amigo diciéndole el orden de las canciones que tocaban.  Me dediqué a mirarlo todo desde la perspectiva mas objetiva posible.  Todo el mundo levantaban los puños al unísono, era fascinante la muy buena coordinación.  Cantaban  a coro y yo sin entender ni papa.  Tiraban vasos, hielo, tragos y hasta gente.  El concierto termina en menos de dos horas y cuado salgo del lugar noto que me había quedado sorda por mi oído derecho.  Admito que me divertí, no tan solo por el espectáculo en la tarima, pero por el otro espectáculo alrededor mío.  Pensé que todo terminaria ahí.  Pues me equivoqué.

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A veces me sorprende mi ingenuidad.  En ese tiempo, me mudo para Puerto Rico.  Llevo pocos meses acá y de repente, comienza un rumor por internet que Metallica venía para Puerto Rico.  Mi novio me dice, tenemos que ir.  Le digo que ya yo había cumplido, no más Metal para mí.  “Mi amor, tu no entiendes.  Metallica nunca ha tocado en Puerto Rico.  Vinieron hace 17 años y se tuvieron que ir porque era en el Hiram Bithorn y llovió.  Se formó un motín. La gente empezó a tirar sillas, a romper el escenario y hasta arrancaron inodoros del piso y los tiraron a las gradas.  Yo estaba allí.”  ¿Se supone que le coja pena con ese relato? Porque no está funcionando.  Le contesto que ya yo había visto a Metallica.  Me dice que la experiencia en un coliseo, no es la misma que en un teatro.  Me doy por vencida.  Total, con un buen cuba libre en las manos puedo chuparme hasta un concierto de Ricky Martin.  Como mi novio no puede comprar las taquillas legalmente como todo ser humano, llamamos a una gran amiga que trabaja en la compañía que administra el choliseo para que nos separara nuestros asientos el dia antes de que salieran a la venta.  Admito que este trato VIP me estaba gustando.  Después de mucho drama de venta de taquillas, de querer ser el opening act, de escoger la gente que queríamos tener al lado de nosotros, llega el gran día.  Llegamos tarde para no ver a los teloneros.    Me siento sola porque mi novio tenía demasiado culillo como para sentarse antes de que empezara el concierto.  Eso sí, ya me habían comprado mi cuba libre.  El escenario era en el centro del coliseo y en la parte de arriba, en el techo, habían, no 4 calaveras porque eso es demasiado genérico para la mejor banda de metal en el mundo, pero 4 ataúdes.  Tengo que decir que se veían de lo mas cool.  Con las luces encendidas, suben 4 luminotécnicos por unas escaleras de soga hasta llegar al tope de las ataudes, se sientan en una area sumamente incómoda y permancen allí el resto de la noche.  La gente comienza a gritar y cuando miro a mi alrededor, todo Puerto Rico se vistió de negro para el velorio.  Decenas de guardias se paran alrededor de la tarima, velandola mas cuidadosamente que la puerta principal del Capitolio.  La fanaticada olía que el concierto iba a comenzar y todos llegaron a sus asientos.  He ido a mas de una decena de conciertos en el choliseo y jamás lo había visto tan lleno y rabioso como aquel día.  Se apagan las luces y unos gritos ensordecedores se escuchan por cada esquina.  El concierto comienza con una música clásica sentimental.  La gente gritó por más de 3 minutos, hasta que de repente se ilumina el escenario por unas luces en forma de rayos laser.  Se veía espectacular y si yo creía que los gritos eran ensordecedores antes, los de ahora eran gritos de histeria, como cuando fui a ver a Menudo por primera vez, pero en un tono más bajo.  Suben al escenario escoltados y BOOM vemos a los ídolos de todo adolescente rebelde que estudió en San Ignacio.  En ese momento, les aseguro que alguno de esos macharranes tatuados hasta las narices se le tuvo que haber salido una lágrima.  El cantante saluda “How are you? Puerto Rico” y el público reacciona conviertiendo a James Hetfield en un John Lennon del metal.  Mi novio me decía: “tienen que hacer referencia al concierto de hace 17 años.” Le digo que dudo mucho que se acuerde y en eso, James Hetfield, haciéndome quedar mal, dice: “No rain this time” y Alfredo pierde la cabeza: “Te lo dije! Ese momento es inolvidable para todos los que estuvimos allí.” Cualquier cosa que dijese Jamesito, mi novio le contestaba, hasta que me dice: “Yo me estoy comiendo el cuento bien cabrón”.  Y yo le respondo que sí. Me dice: “No importa. En uno de los tours de ellos, yo los seguí por 4 ciudades.  Yo me voy a comer el cuento feliz”.  Pues que bien.  El concierto estuvo muy entretenido.  Me cantaron todas las canciones que queria escuchar y la pase muy bien.  Hasta que llega el final, encienden las luces para la última canción y en ese momento, toda estrella del pop habría tirado confetti, pero eso es muy pussy para los metaleros.  Asi que me quedo esperando que harán para el final.  Para mi sorpresa, del techo salen bolas de playa negras.  ¿Alguien me puede explicar? La gente se las peleaban como si estuvieran en el festival del Kamea-mea.  Despues tiran las uñas de tocar la guitarra y la gente se tiraba a buscarlas como si les estuvieran tirando maíz a las gallinas en una cloaca.  Los fanáticos actuan igual, no importa quienes sean sus ídolos.

Y me doy cuenta, el metal no es la reencarnación de los piratas, no es la música del demonio, sus seguidores no necesitan exorcismos.  Es un género musical de gente que pretende que no le importa nada.  Es música para salirse de la norma y de lo corriente.  Es tiempo para recordar que esta vida no hay que tomarla tan en serio, que aunque sea una hostia puta y la gente te quiera fastidiar cada paso que das, todo se acaba en las cruces de la carátula del disco Master of Puppets de Metallica.  Mi consejo: ríe, bebe, y escucha la música que te salga de los cojones.

Te lo dedico a tí, mi adorado Alfredo, por ser mi amor, mi música y mi demonio.

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