Ya la pitufa se puede casar

Publicación original:  7 de marzo de 2011.

Mi mamá dice que lo mas que separa a los matrimonios son los hijos.  Yo, como no tengo hijos, pienso que lo más que me separa de mi pareja son los enseres eléctricos.  Esto incluye todo lo que sea electrónico o se maneje con algun tipo de batería.

El primer día que Alfredo llegó a mi apartamento se paró en mi cocina y comenzó a cambiarlo todo de sitio.  Me dijo que tenía más sentido que la tostadora estuviera al lado de la estufa y la cafetera al lado de las tazas.  En aquel momento, pasé por alto ese defecto obsesivo-compulsivo que tantas uñas me ha hecho comer en estos cuatro años de relación.  Siguió abriendo los gabinetes, sacó el único cuchillo que tenía y dijo que era una senda porquería.  “Los únicos cuchillos que sirven son los de la marca Cutco, que están garantizados de por vida”.  Al tiempo me entero que pasó un verano de sus años de escuela superior visitando todas las amas de casa de Torrimar vendiendo cuchillos Cutco.  Le fue tan bien al joven adolescente, que la compañía le regaló un viaje a Daytona Beach.  El hombre no puede negar su ascendencia cubana.  Los cubanos son como los judíos, lloran la desgracia de la revolución como si fuera el Holocausto, mientras le venden una calefacción en verano a cualquier puertorriqueño.

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Al entrar a mi cuarto vió una computadora Sony Vaio y ahí fue que le entró la garrotera.  “Si no tienes una Mac, yo no puedo continuar esta relación”.  Antes de comprarme la Vaio me había comprado una Macbook de esas blancas bien girly.  Cuando la prendí en mi casa, no entendía nada.  El menú está en la parte superior izquierda.  El mouse tiene un solo botón.  Los programas tienen otro nombre, que aunque es casi igual, es diferente.  No mas Word, sino Pages; no mas Excel, sino Numbers; no mas Power Point, sino Keynote; No mas Explorer, sino Safari.  Sola en mi cuarto sin entender ni papa, me dió el ataque de pánico que se acrecentaba por estar en mi periodo.  La apagué, me monté en una guagua pública, la devolví y me compré la Vaio.  Alfredo me mira como si fuera el cuento mas ridículo que haya escuchado en su vida.  Y me contó su verdad: “Yo trabajo en el Apple Store y tú tienes que tener una Mac.”  Según él, la compatibilidad de nosotros se mide dependiendo del tipo de computadora que operamos.  Las PC no son compatibles con las MAC.  Tenemos que ser cool, igual que Justin Long en el anuncio de Apple y gritarle a los cuatro vientos juntos “I am a Mac”.  Me salió lo de abogado y comienzo a negociar.  Le dije que si yo me compraba una computadora Apple, el me tenía que enseñar a usarla y si se trancaba la matraca, yo no me iba a responsabilizar ni estresar por el mal funcionamiento del susodicho ordenador.  Todo quedaba en sus manos.  Alfredo aceptó.  Entonces, Eva comió de la manzana, pero esta vez fue Adán quien se la dió a comer.

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Y la manzana no tan sólo le gustó a Eva, sino también a mis padres.  Ellos no son muy técnicos.  Cuando era niña recuerdo que a papi se le dañó el videocassette.  El hombre trató de arreglarlo con cuanta herramienta había en la casa, mientras mi mamá, mi hermana y yo mirábamos como su ego de patriarca se iba disolviendo con los sudores de su frente. De la frustración que le provocó el no poder arreglar aquel aparato ochentoso, lo tiró por el balcón.  Mi mamá grita: “Quique!”.  Esas palabras mágicas junto al tono de autoridad de mi madre, hace que a papi se le salga el demonio que acapara a todo hombre que se siente impotente ante una reparación doméstica.  Papi baja, recoge la videocasetera e intenta volverla a arreglar.  “Obviamente ahora no va a funcionar.  Compra otra.” le contesta mi madre, a sabiendas que si quería otra videocasetera para la casa, la tenía que comprar ella.  En ese momento, decido que quería un hombre en mi vida que supiera resolver y que se envolviera en las cosas de la casa.

Alfredo cumple con ese requisito a la perfección.  Cuando se daña el triturador de alimentos, lo puedo ver en cuatro patas metiendo la mano entre comida podrida de semanas para poder arreglarlo él mismo.  Cuando se tapa el inodoro, lo veo apretando el chupete ese, hasta que lo destapa.  Cuando se tapa la bañera, compra Drain-o.  Y cuando se daña el microhonda, él solo quiere destornillarlo de la pared, comprar uno nuevo, cargarlo solo, y montarlo, aunque pese 50 lbs y él no tenga la más puta idea de cómo se hace la conección eléctrica.  El proceso le tomó dos días, una cocina inservible y mucha comida china, pero lo arregló y lo hizo él solo.  A veces, pienso que no es para tanto, que debe pedir ayuda de vez en cuando.  Por eso, ten cuidado con los que pides que se te puede dar.

A mí se me dió y por eso, estoy escribiendo estas palabras desde una Macbook blanca.  Ahora mis padres, cada vez que escuchan mi voz por el teléfono lo hacen desde iphones.  Ellos saben usar la computadora lo suficiente para hacer su trabajo, no saben procrastinar con esos aparatos.  De regalarle a papi un simple ipod shuffle para el día de los padres, terminó comprándose un iphone 4.  Sí, mi padre, un hombre que no sabe lo que es un smartphone, ni bregar con el videocassette. Mi mamá hereda el 3G de Alfredo y yo, sigo feliz con el primer iphone que salió al mercado, también heredado de Adan.  Alfredo se sentía triunfante.  Había logrado que la semilla siguiera expandiéndose y mis padres, el reto mas grande, sucumbieron a la serpiente.  Esa serpiente siguió arrastrándose hasta llevarme a las puertas de la casa de mi amado.

Cuando me mudo al apartamento de Alfredo, decido hacer una compra de bienvenida.  Me fui a Target y compré una licuadora, una arrocera, porque yo no sabía cocinar, una cortina de baño, una cabeza nueva para la ducha, porque el chorro no me gustaba, y un quemador de aceite para sentirnos sexy.  Llego con todos los paquetes y en vez de agradecérmelo me dice que no necesitábamos nada de eso, excepto la licuadora, que se le había quemado mientras la usaba para hacerme una mezcla de pancakes.  Me doy cuenta que el es una persona práctica, demasiado.  Si tenemos una cortina de baño, no necesitamos otra.  Si  tenemos una ollita para hacer arroz, no necesitamos arrocera, y si por el chorro de la ducha, sale agua, no hay por qué cambiarlo.  Me dañó el momento.  Creo que me vió la cara de desilusión y encojonamiento, me dió un beso y agarró la cabeza de la ducha y se fue a ponerla.  Duró menos de dos meses porque la compré de plástico.  Prendimos el quemador y como si nada hubiera pasado.  Por alguna razón, desde que me mudo con Alfredo, me dió con ver Food Network.  Pasé de ser la chica que cenaba Wheat Thins porque no sabía cocinar a una ama de casa que cocinaba todas las recetas de Rachel Ray.  A Alfredo le dió la fiebre de la cocina también y lo hacíamos juntos.  Entre receta y receta nos dimos cuenta que nos hacía falta un procesador de alimentos y en ese momento, mi vida en pareja cambió para siempre.

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Fuimos a Bed, Bath and Beyond a comprar el food processor.  Cuando entras a una tienda de enseres domésticos con tu pareja, le gritas al mundo que estás en una relación monógoma, comprometida y que la cosa está muy mala para comer fuera, así que compras los enseres para cocinar tu mismo.  Llegamos al área que estábamos buscando.  Habían tres opciones, uno blanco, uno rojo y uno plateado.  Yo, automáticamente, preferí el rojo.  Alfredo, automáticamente, dice que no.  Pues dije que me iba por el plateado.  Alfredo dice que el blanco.  Y ahí nos enfrascamos en una disputa de alrededor de 20 minutos, no por el funcionamiento del aparato, sino por su estética.  La gente nos pasaba por el lado y se nos quedaba mirando y nosotros como si nada.  Ahí le gritamos a todo los empleados y clientes de la tienda que nuestra relación, comprometida-monógoma se le había acabado la etapa rosa.  Alfredo me decía que tenía que ser blanco para que combinara con la cocina, que en las profundidades de la mugre que siempre la opacaba, había una capa de gabinete blanco.  Mi respuesta: “Yo no voy a dictar el color de mis enseres eléctricos por el color de la cocina de un apartamento alquilado que se está cayendo en cantos y del cual me pienso mudar tan pronto pueda.  Además, ¿cuando me mude y la cocina sea de otro color? ¿Tendré que botarlo todo para que combine?” Alfredo responde:

-Pues si no quieres que combine con la cocina, por lo menos, tiene que combinar con los demás enseres que son todos blancos.

-¿Qué otros enseres? -le contesto

-Pues la arrocera y la licuadora que yo compré son blancas.

-¿Qué? Esa arrocera y esa licuadora las compré yo.

-O no.

-Nene, la compré yo cuando me mudé a tu apartamento junto con la ducha y la cortina de baño.

Alfredo se queda pensativo.

-Yo juraba que la había comprado yo.

Entre la peste a plástico de Bed Bath &Beyond, rodeada de cafeteras, aspiradoras y almohadas, me doy cuenta que mi relación había llegado a ese punto tan annoying para muchos de saber lo que la otra persona piensa, o en este caso, pensar que lo que él piensa, lo pense yo primero y él se cree que salio de él.  Respondo:

-Pues como ya sabes que lo compré yo y no tú, pues puedo escoger el color que a mí me de la gana.

-En serio, estamos peleando por esto. La gente nos esta mirando.

-Es culpa tuya por no complacerme.

-No, tiene que combinar con lo que ya hay en la casa.

-Alfredo, yo compré los enseres blancos porque eran los más baratos.  No voy a ser víctima de esa decisión por los próximos años.

-Las cosas tienen que tener uniformidad.

-Eso se guarda dentro del gabiente y nadie sabe si combina o no.  Alfredo, tu OCD me está empezando a joder la vida.

-No es OCD.  Es sentido común. El menos común de todos los sentidos.

-No es sentido común.  Tu eres daltónico.  No puedes pelear por colores que no ves.

-Mi daltonismo es verde-rojo. Yo puedo ver el blanco.

-¿No ves el rojo?

-Sí

-Yo pensé que el rojo era tu color favorito.

-Siempre lo ha sido

– ¿Por qué no nos llevamos el food processor de tu color favorito?

-No empieces.

-Llévatelo blanco.  En verdad quiero ir al Baja Fresh que está al lado porque me estoy muriendo de hambre.

-No, esto no se puede acabar así.  No te puedes dar por vencida, únicamente, porque tienes hambre.

-Alfredo, llévate el food processor del color que sea. Despues que me invites a comer…

-Pues es blanco.

Salimos de la tienda cargando un food processor blanco.  Comí.  Cuando la comida me hizo digestión, empieza la pelea de nuevo.  Esta vez decidimos tener un juez, Hemky, un gran amigo de Alfredo y mío que pasaba más tiempo en nuestra casa que en la suya, decidiera quien tenía la razón.  Después de nuestro respectivos “opening statement”, Hemky le da la razón a Alfredo.  !Me quedo en shock! De alguna manera, los hombres se entienden.  Pienso, ¿será que los enseres eléctricos para los hombres son como los zapatos y carteras para las mujeres? Tienen que combinar.  Aunque ese sea el caso, yo no siempre me combino.  ¿Los hombres se combinarán las medias y los calzoncillos y yo nunca me he enterado? Será algo en la testosterona.

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Si hay algo que pueda hacer sentir a una mujer tener un poco de testosterona, es guiar un carro standard.  El ronroneo del carro cada vez que sigue las órdenes que le da el chofer moviendo la palanca con la mano derecha, es puro símbolo de excitación masculina.  Obviamente, mi macho guiaba un Nissan Sentra standard y cuando se me acaba el lease de mi carro, mi amado me dice que ya era tiempo de aprender.  La idea no me gustaba para nada.  Eso de que para frenar hay que poner la palanca en neutro mientras apretaba el freno y el cloche con los dos pies, me provocaba ansiedad.  Me veía estrellada en algún poste con el airbag en mi cara.  Alfredo me lleva a un suburbio de Los Angeles y mientras llegábamos, me dió la lección teórica.  “Lo peor es ponerla en primera.  Tienes que sacar el pie del cloche lentamente, mientras aceleras y sino lo haces bien el carro se te apaga.” Tremendo. Ya entré en pánico.  “Si se te apaga, pones el pie en el cloche y lo intentas otra vez”.  Yo no tenía idea que para prender un carro standard había que apretarle el cloche.  Así de bien iba la lección.  “El mismo carro te va a decir en que cambio ponerlo” me dice.  “Alfredo, yo no se hablar con los carros.” “Hoy vas a aprender” responde.  Llegó la hora de sentarme el asiento del chofer.  Alfredo para consolarme me dice: “No te preocupes, yo me tarde un día entero para que me saliera primera”.  Lo miro con ojos de nervios y le pregunto: “¿Cómo tu aprendiste a guiar standard?”.  Alfredo responde: “Yo una vez hice un anuncio de Volkswagen y el carro que tenía que guiar era standard.  Alquilamos un BMW y estuve un día entero por las calles de Miami aprendiendo a guiar”.  Le pregunto: “¿Cómo te van a dar un anuncio de un carro standard si tu no sabías guiarlo?”  Y mi amor responde: “Porque yo pensaba que sabía”.  Alfredo es un buscón, en el buen sentido de la palabra, y esa frase, me dio la seguridad que estaba buscando.  Intento primera y se me apaga el carro.  “No te preocupes, házlo otra vez” me dice con mucha dulzura.  Intento de nuevo y prende el carro.  “Embuste que te salió la segunda vez” me dice Alfredo, pero esta vez su tono cambio, ni él mismo se lo creía.  Ahora me tocaba reversa, que según Alfredo es mas difícil que primera.  Gente, me salió al primer intento.  “Vete pa’l carajo.  Tu naciste para guiar standard.  Tienes que ir a casa de Hemky guiando”.  Comencé a ver la ciudad de otro modo.  Miraba con precaución las cuestas, cuán cerca se paraban los carros detrás del mío, y cuán divertido puede ser un tapón.  El sonido del carro con cada cambio me hacía sentir como Porfirio Rubirosa.  Entendí a los hombres y esa necesidad de tener un juguete que los haga sentir más poderosos.  Se siente igual que cuando tengo las tacas mas bellas de la fiesta.  !Triunfante!  Llegamos a casa de Hemky y él ya nos estaba esperando afuera.  Alfredo, baja el cristal: “Cabron, mírate esto.  La lección duró menos de dos horas.” Me estaciono y Hemky me dice que le de reversa.  Lo hice de la primera y Hemky le dice a Alfredo en su acento dominicano de Santiago: “Ya la pitufa se puede casar”.

3 thoughts on “Ya la pitufa se puede casar

  1. Bueno, me lei todas tus historias de un tirón (si se le puede llamar asi! jaja), entre llamadas telefónicas, empleados impertinenetes que no comprenden cuando uno esta inmersa en una lectura interesante, y las miradas curiosas de quien se apareciera por la oficina! Magnificos escritos!!!…Me los disfruté todos!!! Que cómo dí contigo? Me lo recomendó mi hija!! Saludos y sigue escribiendo!!!…

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