Entre dientes, tetas y Percocet

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Cuando mi madre abrió la boca a vomitar después de despertarse de la anestesia el día que se hizo su primera y única cirugía plástica, me di cuenta que uno tiene que estar bien infeliz con uno mismo para embellecernos los pellejos caídos, añadirnos un canto que no nos dieron o quitarnos lo que tenemos de más.  Conozco a muchas personas que se han sometido a operaciones estéticas, pero nadie nos había advertido que mi madre iba a tener un dolor descomunal, que yo no la iba a reconocer de la hinchazón y que el camino a la recuperación era largo y tedioso.

Voy a su primera cita y lo primero que le dice el médico es que quiere ver una foto de ella 10 años más joven. Mami estaba toda emocionada y, como no puede negar que por las venas nos corre la misma sangre, le llevó una foto de 15 años antes. Yo me preocupaba por verle la cara al médico. Si parecía momificado, no iba a dejar que mi madre se operara con él. El doctor era bajo de estatura, delgado, hasta un poco insignificante. Parecía como la figura del novio que ponen encima de los bizcochos de boda. Mami había llevado una foto en la que sale conmigo y mi hermana cuando yo tenia como 11 años y escucho al médico decirle:  “A esta hija suya no le va a pasar porque no tiene su misma estructura facial, pero esta otra” refiriéndose a mí,  “va a tener que operarse ya mismo”. ¡Tremendo! Gracias, doctor, por tratar de meterme entre ceja y ceja un complejo provocado por sus ganas de hacer más dinero.  Le dije: “Esa soy yo. ¿Que más me va a decir?” El médico se sonrió y siguió convenciendo a mi madre de cuánto pellejo debería estirarse.

No es la primera vez que hago de enfermera para alguien operado estéticamente. La primera paciente que tuve fue mi hermana. Laura nunca tuvo tetas. Recuerdo que le bajó la primera menstruación a los 10 años y parecía como de 16, cosa que freakeaba a mi madre constantemente. Se le pararon los pezones y mami salió a comprarle sus primeros brassieres 30 AA en Kress Kids. Laura llegó a su adolescencia y todavía era el mismo tamaño. Hasta que el complejo no pudo más y mi madre, en vez de comparle más sostenes, le empezó a comprar relleno. Empezaron por unos que parecían shoulder pads, y se volvió en obsesión. Mi mamá llegaba a pagar hasta $60 por un par de tetas de foam color piel que las usaban de prótesis las mujeres que habían sido operadas a consecuencia del cáncer de seno. Laura se gradúa de cuarto año, se va a Estados Unidos a estudiar arquitectura con las maletas llenas de pares de tetas y proclamándole al mundo: “El primer sueldo que tenga como arquitecta lo voy a invertir en hacérmelas”. Mami y yo le aplaudimos y adiós a Laura.

Hasta que llegó su tercer año, y Laura nos visita en verano. Recuerdo que estábamos en la cocina y papi la abraza.  De repente, papi dice: “Uy! ¿Qué es eso que se movió allá adentro?”. Laura toma el valor que nunca había tenido antes, se saca la teta de embuste, la agarra con la mano y mientras la agita le dice: “¡Mis tetas! Yo nunca tuve tetas” y le enseña la pechuguita de niña de 10 años al hombre que la engendró. A papi se le cae la quijada y yo, pensando que la iba a regañar por haber tenido el valor de enseñarle sus partes íntimas, escupe: “¡No puede ser! Lo primero que yo le miro a una mujer cuando les paso por el lado en la calle son las tetas”.  O sea, tras que tuve que verle el triste pezoncito a mi única hermana, me tuve que enterar, en la cocina de mi casa, que mi padre es uno de esos viejos verdes que no miran a las mujeres a los ojos. Mi madre dice: “¡Ay, Quique! ¿Tú no sabías que tu hija no tenía tetas?” y él niega ofendido con la pregunta. Laura, a punto de llorar le dice: “Yo tengo dos espaldas, una con pezones y otras sin ellos.” Papi la abraza y para consolarla le dice: “No te preocupes, Laurita, yo te pago las tetas.” En ese momento me dieron ganas de empelotarme frente a mi padre a ver si me cogía pena por algo.

Así fue como mi hermana, de regalo de graduación de universidad, le regalaron una cirugía plástica para que se metiera dos bolsas de silicona con solución salina.

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Mi madre no iba a dejar que a su primogénita la tocara cualquier médico de pacotilla, así que hizo una investigación extensa hasta llegar al cirujano con la reputación del mejor tetólogo. Allá llegaron. El doctor, como papi, no la miró a la cara, fue directamente al par de tetas que tenía al frente. Después de medirla desde el cuello hasta el pezón, le dijo: “Tú tienes una condición que se llama hipomastia”.  Mami quedó petrificada sin entender lo que el médico había dicho, pero como toda madre hipocondriaca pensó que tenía que llevar a su hija a los mejores hospitales de Boston para que le trataran esa condición que todavía no sabía lo que era.  Laura le pregunta qué era eso y el médico contesta: “Es una condición que hace que no crezca el tejido mamario”.  Mi hermana le grita a la multitud que no la proclama: “¡Yo sabía que esto no era normal!”.  Llegó la hora de escoger el tamaño de las pechugas. El tetólogo le aconseja: “En mi experiencia, todas las mujeres se arrepienten de no habérselas hecho más grandes.  Tu piel aguanta unfull B.” Y mi hermana accede sin saber a la tortura que se estaba sometiendo.

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A Laura le meten los dos bloques de cemento que le llegaban a la garganta.  En el recovery se entretiene hablando con una persona que conocía. Claro, en este mundo de superficialidad todos se conocen.  Cuando le dan de alta y mami la sube a la guagua empiezan los problemas. Si mami cogía un boquete de las modernas calles de este país, Laura gritaba como negro africano recibiendo latigazos en los tiempos de la esclavitud. Llegaron a casa y Laura no podía mover los brazos, ya que tenía los sobacos tajeados por el bisturí. Había que darle la comida en la boca, bañarla y pasarle la manito para consolarla. A la cabrona le da con caer en menstruación y es a mí quién le toca atenderla. Mi hermana y yo compartíamos un cuarto porque a la idiota de mi madre le daba con que íbamos a crecer queriéndonos más. A mí me toca el tostón de pasar las amanecidas con ella. Mami le daba Panadol para el dolor y por las noches le empezaron a dar Percocet. Yo sabía que Laura era rara, pero no fue hasta que le metieron la pepa esa que me di cuenta que mi hermana es un esperpento de la naturaleza. Se supone que la dosis la ponga en un viaje de éxtasis por horas, pues a Laura le dio el efecto contrario. Se desesperaba llorando y me levantaba a las 4am a decirme que se sentía sola. Pensé que podíamos meterle anestesia de caballo, pero mami me miró como para matarme. Me levantaba, le pasaba, irónicamente, manteca de ubre de vaca en las ubres de ella y me quedaba pensando porqué yo tenía que pasar por esto.

La verdad es que no tengo nada en contra con la gente que se somete a cirugías plásticas. Estírate el culo si te da la gana. Lo que sí me molesta es que pensamos que la belleza es sinónimo de juventud por culpa del mercadeo. Se le da tanta importancia a cómo nos vemos, que ya no nos importa cómo pensamos. Es más importante ser parte de un molde genérico que “encontrar la belleza en las imperfecciones”, como dijo Diego Rivera. Lo que sí me molesta es que te hagas la nariz y pretendas que no te la hiciste. ¿Te crees que yo soy tan estúpida como para no darme cuenta que de repente eres bembona, no fruñes el ceño y tienes tetas de menos? Tampoco es que hagas una cartulina a anuciarlo a los cuatro vientos, pero coño, no trates de cogerme de pendeja.

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Lo más cercano que he pasado a una cirugía plástica ha sido sacarme los cordales y fue la peor experiencia de mi vida. Me voy a hacer mi limpieza dental antes de irme de la Isla para la universidad mi primer año. Mi dentista me dice que tienen que sacarme un cordal que me estaba levantando la muela de al frente, me recomienda un cirujano oral y allá voy.  Fui para una orientación con mi hermana y, como estaba en plena adolescencia, fui al médico en blusa sensual, tacas y maquillada hasta más no poder. Cuando me hacen la evaluación, el cirujano me dice que me tienen que sacar los cuatro cordales y, como me iba en menos de una semana, me tenía que operar allí mismo. Laura, siendo el único adulto que me acompañaba, firmó los papeles y le entregaron unas instrucciones que indicaban que yo debía llevar flats, debía llevar blusa con mangas y yo tenía una blusa strapless y debía haber llegado en ayuna, cuando antes de llegar a la oficina nos habíamos hartado de un Whopper de Burger King.  Me meten la anestesia por las venas y de repente veo cómo la pared frente a mí comienza a moverse, trato de hablar y no podía, empiezan a salir maripositas y en la pared, un camino dorado como del Mago de Oz.  Al rato, abro los ojos y veo a cuatro cabezas y una aguja que entra y sale de mi boca.  Me dije: “Quédate bruta y ciérralos de nuevo”. Una enfermera me levanta y me tira en los brazos de Laura. No había despertado y me tambaleaba como monigote en plena prueba de choque. Mi hermana no podía conmigo y los profesionales de la oficina médica me sacan por una puerta trasera para que los demás pacientes no me vieran. Estaban ubicados en un segundo nivel y mientras mi hermana me arrastraba por las escaleras, un buen samaritano le ofrece su ayuda. Paniquié a su hijo que gritaba llorando: “¿Papá que le pasa?”.  Era como una figura exorcisada en pleno pueblo de Mayagüez. Mi hermana le dice al nene: “No te asustes, es que ella se acaba de sacar los cordales”. Y desde ese momento sé que ese niño tendrá la dentadura podrida el resto de su vida. De camino a casa, le digo a Laura mil cuentos que ella no entendía. Cuando por fin llego, abuela me visita con un caldo de paloma como el que le hacían a Tito Trinidad, me lo tomé y seguí durmiendo. Mami entra al cuarto, me saca las gasas ensangretadas de la boca y pregunta porqué tengo el puño cerrado.  Me abre la mano y saca un sobre amarillo.  Cuando lo abre, encuentra mis cuatro cordales y sale gritando a punto de vomitarse.

Es por eso que, mientras la medicina siga siendo un negocio, no voy a creer en ella. Mientras la cirugía plástica se nutra de complejos provocados por la publicidad, tampoco. Soy más mujer por lo que he vivido, no por las pocas arrugas que tengo en la cara. Soy hermosa por lo que he aprendido, no porque tengo el estómago plano. Me aman por el color de mi alma, no por el tamaño de mis senos. Pero tampoco juzgo a la que necesite tener el estómago plano para sentirse hermosa, a la que se siente más mujer sin arrugas en la cara y a la que quiera los senos grandes para caminar comiéndose el mundo. ¡Arriba las tetas, arriba los dientes que callan los complejos y arriba la Percocet que adormece el dolor de no ser felices mirándonos al espejo!