La dama ciega del toto grande

 

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Las mujeres nos odiamos entre sí.  Si una mujer es más flaca decimos que es anoréxica, si es inteligente, decimos que se acostó con el jefe para que la subieran de puesto y si el hombre que esta al lado tuyo se la ligó mientras le caminaban por el lado, decimos que se viste como ramera de la 15 porque quiere llamar la atención cuando realmente el bellaco malo es él.  Nunca había entendido esta tendencia de sentirnos competencia hasta algunos años atrás.

Me considero una mujer guapa.  No soy la última Coca- Cola del desierto, pero tampoco ando traposa y mal arreglada por ahí.  Soy flaca porque a veces me dan ganas de comerme un hamburger con papas fritas, pero como me niego a comprarme un tamaño más grande de ropa, prefiero caber en mis mahones que satisfacer mi glutonía.  Ahora, si me dan ganas de comerme un chocolate y me hace feliz, me lo como.  Me hago faciales regularmente.  Me gusta vestirme sensualmente porque me satisface.  Sé que no lo voy a poder hacer después de cierta edad, pero muchas dicen que las mujeres nos vestimos para otras mujeres.  En mi caso, me vale cuatro mierdas.  Si veo a una mujer alta con unos zapatos envidiables, se lo digo y después le confienso que toda mi vida quise ser alta kilómetrica, pero me hicieron chiquita con la boca grande.

Si hay una cualidad que detesto de un hombre son los celos.  Cada vez que una mujer me dice: “Si te cela es porque te ama” o “Déjame hablar con este chico para que mi novio sienta celos, eso es saludable para la relación”, me dan ganas de tirarla por el balcón del piso 16 en el que vivo y que se le fracture el cráneo.  Eso se llama inseguridad en ti misma.  Yo sé lo que valgo porque aprendí a mirarme en el espejo por dentro y por fuera.  Si a mi macho le da un ataque de cuernos por alguna estupidez, en vez de sentirme amada, me siento avergonzada de él.  Eso siempre estuvo claro desde el primer día en mi relación.  Recuerdo haberle dicho: “Yo no puedo estar con un hombre celoso, si lo eres, búscate a una infeliz acomplejada porque esa no soy yo”.  Mi novio entendió a la primera y a través de los años lo he observado y he tratado de emular una actitud suya que considero muy caballerosa.

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Cuando vamos a una barra, mi novio siempre se ríe diciéndome que no me puede dejar sola porque se me pegan los hombres.  Trata de decirlo con un tono molesto, pero su risita al final de la oración me hace pensar que se siente halagado.  La primera vez que nos pasó, le pedí un trago al bartender y el chico que estaba al lado mío me dice: “Pide lo que quieras, yo te invito”.  Lo miro y le contesto: “Un Jack en las rocas”.  Él me dice: “¡Wow, tú estas dura!”.  Le sonrío, agarro el trago y me voy.  Cuando llego a la mesa, mi novio me pregunta qué era lo que me había dicho el tipo ese y le dije: “Me invitó un trago y pedí el tuyo”.  Nos morimos de la risa y de lejos mi novio le da las gracias a Papo, o como se llamara.  Desde ese momento, a tono de broma, aunque a veces pienso que es en serio, me dice que me vaya a la barra a ver si su trago le sale gratis.  En otra ocasión, acordamos encontrarnos en un restaurante y como llegué antes que él, decidí esperarlo en la barra.  Un chico muy simpático comienza a hablarme y teníamos una conversación muy amena cuando entra mi macho por la puerta.  Se me sienta al lado y se lo presento al ‘chico simpático’.  Mi novio se une a la conversación hasta que me excluyen.  Se quedan hablando como por 25 minutos y hasta se intercambian números para un jammeo de guitarras.  El hombre que le estaba tirando a su novia se convierte en su pana.  Ahí entiendo que los hombres conocen la diferencia entre la camaredería y la cacería, nosotras no.

Creo que la explicación antropológica de esta actitud viene a que los hombres desde pequeños están expuestos al rechazo del sexo opuesto.  Cuando era adolescente e iba a los parties de marquesina, los niños se paraban a un lado de la pista, las nenas en el otro y como idiotas esperábamos que el nene que nos gustara nos sacara a bailar.  Entonces, si el que no me gustaba me invitaba a bailar le decía que no y daba pelo, pero si el que me gustaba invitaba a bailar a otra, me sentía devastada y pensaba qué tiene esa idiota que no tenía yo.  Al criticar a la otra fémina, me sentía mejor conmigo misma y al rechazar al nene que no me gustaba, me sentía deseada y superior a las demás.  Desde niñas nos enseñan que una mujer no va a donde un hombre a decirle: “Me gustas. ¿Quieres bailar conmigo?”.  No, las señoritas no hacen eso.  Eso es una vulgaridad.  Tienes que darte a respetar y esperar a que el hombre te invite a ti.  Entonces, ¿cómo carajo atraemos a el nene que nos gusta? Procurando que nos vea mejor que la que tenemos al lado.  A esa edad incluía maquillarme y ponerme tacas, faldas cortas de nena grande y ser de las primeras en mi clase en haberme afeitado las piernas.  A nosotras nos enseñan a atraer y al hombre lo enseñan a lidiar con el rechazo.  A largo plazo, la segunda te hace una persona mas completa en cualquier aspecto de tu vida y la primera te hace odiar a las personas que consideras tu competencia.  El problema se acrecenta en la adultez y más si esas mujeres tienen alguna posición de poder.

chistesparaelrecreo.blogspot.com

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Hace unos meses venía conduciendo por Santurce y paso una luz amarilla.  Dos luces más abajo escucho la sirena de un policía en motora.  Me obliga a detenerme y cuando veo por el retrovisor al oficial me doy cuenta que es mujer.  En ese momento pensé: “Es mujer, este ticket me lo van a dar sin remedio”.  Con un guille de GI Jane, la agente 007 me pregunta si sabe porque me detuvo.  Le dije que no y me dice que me comí la luz roja.  Le digo que la luz no estaba roja y me escupe: “¿Quieres que traiga a mi compañera para que ella te lo diga?”.  Su compañera estaba al otro lado de mi carro.  Respiro profundo y me digo a mí misma que me callara, que no me hiciera la guapetona ni la inteligente y que cogiera el ticket con las muelas de atrás.  Así hice.  Cuando la oficial se retira, veo la cantidad que tengo que pagar y por poco infarto.  Inhalo coraje, exhalo paz.  Y mientras exhalo paz, pensé: “Yo voy a revisar este boleto al tribunal”.

Hasta el sol de hoy, he tenido buena experiencia con la policía.  Desde que conduzco solo me han dado dos boletos.  Me considero un conductor responsable, no me gusta hablar por celular en la carretera y salgo con puntualidad para no tener que ir a exceso de velocidad.  El problema con las luces amarillas es que si me detengo en una, probablemente el que está guiando detrás de mí me choque.  ¡Vamos! Las carreteras de este país son como estar en el mismo medio de una batalla entre vaqueros e indios.  En general, no me meto con ellos, no se meten conmigo y algunos se han portado muy bien.  Hace como un año me estacioné en una área oscura del Condado y veo que se me acerca un oficial.  Me asusté cuando este hombre en uniforme se me acerca a altas horas de la noche y yo sola.  Me dice: “En esta área están robando autos, por eso yo estoy aquí.  ¿Te puedo inspeccionar el tuyo?”  Le digo que sí.  Y me dice: “Mete el cargador del celular en la gaveta y el menudo también.  Por eso te romperían el cristal.” Cuando llega a la parte de atrás del carro, me dice: “Mete esos CDs debajo del asiento”.  Yo ni sabía que tenía eso ahí.  Le digo como una mujer superficial y airhead: “Esos CDs son de música.  ¿Quién los va a querer? Todos tenemos iPod”.  El tipo se sonríe y me contesta que no tengo idea de las cosas que la gente se roba.  En eso llega mi novio y le hace el mismo tipo de pregunta.  Le di las gracias y me fui.  Cuando regresamos, él estaba sentado cerca de mi carro y me dijo: “No le pasó nada”.  Como este cuento tengo varios: el día en que un oficial me encontró hablando por el celular a las mil y quinientas de la noche por la acera y me escoltó a mi carro, el día en que sacaron el carro de mi novio que se quedó estancado en la arena y el día en que encontraron la wallet de mi novio en el supermercado, sacaron su tarjeta de descuentos Walgreen’s y fueron hasta allá para conseguir el teléfono de él, llamarlo y decirle que su dinero, tarjetas e identificaciones estaban seguras… pero cuando de mujeres se trata, la experiencia ha sido todo lo contrario.

Voy al tribunal y me dan fecha para mi caso.  Hablo con mi abogado, mi papá, y me dice lo que tengo que hacer.  En esos días, paso por el bufete del abogado de mi blog y me dice: “Si el policía no se aparece, te quitan el ticket.”  Miro a su esposa, amiga de toda la vida que también es abogada.  La Lcda. Moreda es una mujer espectacular, con un cuerpazo envidiable, una estructura ósea facial de supermodelo y un sentido del humor perverso como el mío.  Le pido que me acompañe y ni corta ni perezosa me dice que no, que eso es una pérdida de tiempo y que el 85% de las veces el guardia no se aparece.  Eso sí, me orienta de mujer a mujer y me dice: “Preséntante bien vestida.  Tienes que verte profesional sin ser sexy”.  En ese momento, me doy cuenta que por algo al tribunal le dicen ‘el juzgado’.  Me iban a mirar de arriba a abajo y se iban a hacer una idea concisa de mi persona sin yo tan siquiera haber abierto la boca.  No es quién soy ni lo que hice, es quién pretendo ser y a quién puedo convencer.  Entendí a Jodi Arias y porqué se vestía como novicia de convento.  Le digo a mi hermana, astróloga de profesión, que me diga qué tengo que hacer para que el guardia no se presente.  Me bañé con todo lo que me dijo, quemé un palo de brasil y prendí una vela.  Me fui a dormir tranquila.

ideas-mi-pais-blogspot.com

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Llego al tribunal siguiendo las instrucciones de todos los que me aconsejaron.  Habíamos una decena de personas y como 8 guardias.  Cuando abren la sala, los civiles se sientan al lado derecho y los guardias al izquierdo.  A mí me da con sentarme con los policías y me pongo a hablar con uno de ellos.  El oficial era simpatiquísimo, me dice que trabaja en el área del Viejo San Juan y fue al tribunal porque entendía que el boleto estaba hecho correctamente y quería saber lo que tenía que decir la otra parte.  Me dice: “Si el oficial que te hizo el ticket no llega, te lo quitan”.  En eso nos indican que nos pongamos de pie para recibir al Honorable Juez y cuando hace entrada a la sala veo a una mujer mayor, muy elegante, con pelo a la moda y unos aires de fabulosidad como Cordelia González.  Siento una punzada en el estómago, el hecho de que fuera mujer me dió un mal presentimiento.  Me llaman para que me acerque al estrado.  La oficial que me dió el ticket no estaba.  La juez me pide que le dé mi versión de los hechos.  Le digo que cuando estaba pasando por debajo de la luz se puso amarilla.  Me pregunta que a qué velocidad venía que no me pude detener.  Le dije que eso no venía al caso porque si frenaba en el mismo momento que la luz se puso amarilla hubiera quedado en el mismo medio de la avenida.  “El punto aquí es que la luz se puso amarilla mientras pasaba por debajo de ella, su Señoría”.  La Honorable Juez me hablaba sin mirarme a la cara.  Nunca hizo contacto visual conmigo y me quedé pensando: ¿Esta mujer es la juez o el fiscal?  Me pide que me retire sin decir a lugar o no lugar y la secretaria del tribunal me dice que la respuesta la iba a recibir por correo.  Me voy embrutecida con la experiencia.  Llego a casa y me voy a beber el café de la tarde con mi vecina.  Ésta, al verme, me pregunta: “¿Fuiste al tribunal maquillada como estás ahora y sin espejuelos?” Le digo que sí y me contesta: “Te ves demasiado linda”.  Le digo: “Carajo, tengo pantalones largos de vestir, una chaqueta, una blusa de botones, hasta hebillas en el pelo para sacarme la pollina de la cara y ¿qué coño tiene que ver que me veo bonita si me dieron un ticket injustamente?”  Me bebo el café que en aquel momento lo que quería era echarle Bailey’s en vez de leche.  Me tranquilizo un poco y al par de días todo se me olvida.

Hasta que busco el correo y tengo la carta del tribunal.  Cuando la abro dice: “No ha lugar”.  Me encabrono con todos los que me dijeron que si el guardia no iba me lo iban a quitar.  Me encabrono por todo el tiempo que perdí.  Me encabroné por ser mujer y haber sido tan ingenua de creer que la justicia es ciega, porque la verdad es que ,cuando de mujeres se trata, la justicia es una dama con vista 20/20 y una tota demasiado grande.