Hombres que cagan oro

gollumfaceSi en Puerto Rico existieran hombres que cagaran oro, definitivamente, lo serían los caballeros ignacianos.  Esa escuela de hombres jesuita en Guaynabo, que muchos justifican diciendo que es Río Piedras, cría la creme de la creme de los usted y tenga de nuestra triste isla.  Ser ignaciano es pertenecer a una fraternidad masónica de favores sociales y políticos que comienzan con el matasellos leónico, la susodicha sortija.  Usarla es la llave a la sociedad secreta menos misteriosa de aquí.  Al verse las sortijas, lo único que se preguntan es: “¿Que año?” y ahí comienza el padrinaje.  Me parecen a Gollum, ese personaje repugnante de Lord of the Rings que no puede comer, socializarse y padece de alopecia por el simple hecho de querer tocar ese anillo de oro representativo de que cagas mas arriba del culo.

Conocí a los primeros ignacianos en la universidad.  Oírlos hablar de juegos de ajedrez, de oratoria y de debate puede llevarte a consumir grandes sumas de alcohol.  Suelen sonar pedantes cuando hablan de personas que fueron botados de la escuela por razones de conducta y terminaron en el refugio, como ellos llamaban al Colegio El Pilar.  Hasta que me enteré que Wiso G estudio allí y cuando me dijeron que lo expulsaron no pude entender que un colegio que se cree tan progresivo haya reprimido a un rebelde que terminó siendo uno de los fundadores del rap underground, esa música que encendía cualquier baile de marquesina y provocaba el toqueteo que satisfacía las hormonas alborotadas de mi adolescencia.  Esta escuela tiene algo mal, al no enorgullecerse de que, gracias a su educación, a un estudiante se le ocurrió que era “la química, no física, magnífica lírica mística y habilida linguística y calidad olímpica hará que esa nena bella baile en la casa cuando Wiso cante”.

El poder de la sortija lo vine a entender con mi novio.  Cuando lo conocí, no la tenía porque según él se la habían robado.  Le dije: “Whatever, yo nunca me hice la mía, preferí gastar el dinero en mi traje de prom”.  Me mira con cara de: “eres una jíbara superficial que no entiendes”.  La verdad que no entendía.  ¿Quién demonios se roba una sortija de graduación? Me dijo que se la habían robado unos amigos de su roommate cuando vivía en NYC y desde entonces se mudó de apartamento y nunca mas le volvió a hablar.  Para ese tiempo ya viviamos juntos, así que me di cuenta rápidamente que si yo quería que mi relación con mi nuevo novio durara, tenía que defender esa sortija con uñas y dientes.  La sortija volvió a su dedo anular con sus ahorros y la recibí como otra mujer en su vida.

Meses después, mi novio se quería encontrar con unos amigos ignacianos en una ocasión que estabamos de vacaciones en la isla, nos dijeron que estaban en un strip club en Isla Verde.  Al llegar en una esquina de la barra detrás del tubo, estaban sus amigos.  Al parecer eran regulares, y mientras uno de ellos se escapó no se a donde con la administradora del putero, los otros nos quedamos en la barra y ahí comienzan las conversaciones sacadas del baúl de los olvidos, desempolvando recuerdos no superados de la high.  Una de las esposas, que estudió en una de esas escuelas hermanas a la misma vez, le pregunta a mi novio: “¿Te acuerdas cuando hiciste el discurso de Ruben Berríos en el certamen de oratoria y quedaste en segundo lugar y todo el mundo comenzó a abuchear porque no ganaste?” Mi novio comienza a decir que se acuerda y para colmo, comienza a recitarlo.  El tiene una memoria de elefante para esas cosas.  No podía entender el hecho de que tuvieramos un tubo con una perra encaramándose con unas tacas transparentes de 6 pulgadas, remenaneando el fondillo al ritmo de un regeattón barato de Alexis y Fido mientras enseña sus par de tetas de silicona cortesía del doctor Portocarrero y todo el mundo en nuestro grupo prefería hablar de debates intelectuales de líderes independentistas.  Dudo mucho que Albizu haya llegado a la conclusión de que la patria se hace con valor y sacrificio en un putero.  Me sentí desentendida e ignorada.  No podía participar en la conversación porque no estudié allí.  Dije lo que siempre respondo cada vez que me excluyen:  “Cuando ustedes estaban en la high, yo veía Nubeluz” y me quedé viendo a Tabatha que en aquel momento bajaba del tubo con la cabeza hacia abajo y las piernas abiertas haciendo una V.  De repente me entra un ataque de cuerno, no de la stripper, sino de la idiota que le estaba preguntando a mi novio si se acordaba cuando a ella se le olvidó su discurso de oratoria y el fue tiernamente a secarle las lágrimas que recorrían sus mejillas.  Alguien que me explique ese estancamiento que sienten estas personas de sus años de escuela, como si ese fuera el logro mas grande de sus vidas.  Esa mujer prefiere estar hablando de esta mierda en vez de estar buscando a su marido que sabe Dios en donde se habrá metido en tremendo burdel.  Digo con actitud: “Sino cambian el tema y se ponen a ver a la teibolera, nos vamos.”  De mas está decir que nos fuimos.

De lo que sí se enorgullecen los ignacianos es de los políticos que salen de ahí.  Los he escuchado decir con cara atónita y perpleja: “Los políticos corruptos salen de Marista.  Rosselló es de Marista y Fortuño también.”  Como si eso limpiara una imagen que hasta el momento no se había manchado.  Recuerdo que cuando entro Fortuño al poder la comunidad ignaciana aplaudía las posiciones políticas que muchos de ellos habían logrado y a mi se me apretó un poco el pecho.  Se hablaba de un cambio que iba a provocar la sangre nueva en el gobierno, pero después de haber socializado con algunos, me di cuenta que varios se creían que Puerto Rico terminaba en el peaje de Buchanan.  La verdad no los culpo, ninguno escogió vivir en la burbuja que les tocó.  Me crié en el centro de la isla, alrededor de gente analfabeta, gente que nunca se ha montado en un avión y personas que no hablan absolutamente nada de inglés aunque lo hayan estudiado en la escuela desde kinder hasta 4to año y he dicho esto frente a esta supuesta clase social media alta y no me lo creen.  He aquí el problema, ese jíbaro analfabeta también vota y su voto vale lo mismo que el de ellos.  Si no conoces los problemas de Puerto Rico, ¿cómo los vas a arreglar?  Y ese es uno de los problemas del ignaciano, se creen que se las saben todas y que se pueden salir con la suya, hasta que un senador graduado de allí, le enseñó el hoyo negro al mundo.

rep__oPtEn el 2010, mientras mi novio, ignaciano a clavo pasa’o, veia televisión en el canal 10 de la Legislatura, lo oigo decir: “¡Que verguenza! Debería quitarse la sortija”.  Miro el televisor y veo a Roberto Arango argumentando en contra de una legislación con acento de fiscal del caso del Cerro Maravilla, se escuchaba altanero, pedante y agitando su mano que brillaba con el símbolo de Illuminati boricua.  En aquel momento, no sabía muy bien quien era mas allá de un penepé conservador y retrógrada, le digo: “Ese tipo es gay”.  Mi novio me mira y me contesta: “¿En serio? ¿Pero el no está casado?” Le respondo: “Exacto”.  Puerto Rico tiene un problema de homosexualidad closetera rampante y nos la tuvo que hacer ver un ignaciano.  Una mañana mientras me tomaba el café y leía el periódico cibernéticamente, veo las susodichas fotos.  No sé por qué al ver que Arango le enseñaba el joyete al mundo, me dio satisfacción.  La misma satisfacción que me dió cuando apresaron a Luis Conde por haberse robado dinero federal designados al Departamento de Educacion Especial.  Y es que este grupo de gente no se puede ver como un todo, el tener en común salones, pupitres y varios maestros, no te hace igual al que esta al lado tuyo ni mejor que el que esta fuera de los portones.  Esto me ha hecho debatir infinidad de veces con mi pareja que cuando se enteró que iba a escribir este ensayo me amenazó con dejarme.  Lo que siento que no entiende es el hecho de que él haya aprovechado su educación, tenga amigos que estudiaron con él que son personas que aportan muchísimo a la sociedad y se enorgullezca de los valores jesuitas que le enseñaron en el colegio, no significa que todos los ignacianos sean así.  Pienso que mi novio y sus amigos son la excepción porque si no lo fueran, no estaríamos juntos, pero no creo que a él le deba pesar que haya tanto cabrón, mediocre con ínfulas de grandeza que lleve su misma sortija.  Eso no lo hace ni mejor, ni peor, eso lo hace diferente y para mi diferente es el mejor atributo de una persona.  Y si hay alguien que tiene esto claro es el que yo llamo el ignaciano por excelencia.

El ignaciano por excelencia no es Ruben Berríos, ni Raul Juliá, ni Roberto Arango sino Carlos González.  ¿Y quién demonios es Carlos González?  Carlos González es el novio de Ricky Martin.  Sí, el hombre que hizo que el astro boricua saliera del closet es graduado del prestigioso Colegio San Ignacio de Loyola, clase de 1993 y para mí, ese es el logro mas importante de cualquier ignaciano.  Cuando me enteré, salí gritando como puta despavorida por el pasillo de mi apartamento y le dije a mi novio: “Desempolva todos los anuarios que tengas tuyos y busca a Carlos González.”  Mi novio me mira con cara de: “Deja de estar bebiendo Palo Viejo y compra Don Q, que te está afectando el ron barato de supermercado”.  Cuando le digo que el novio de Ricky Martin es ignaciano se le cae la quijada.  Sé que nunca lo va a admitir, pero vi en sus ojos un brillo como de satisfacción y empezó a buscar al susodicho con la misma emoción que yo, por eso amo a mi novio, el entiende mi cerebro sin yo tener que explicarme mucho.  Me dice: “No lo conozco” y a mi se me cayeron las alitas del corazón.

primerahora.comAlgunas semanas después fuimos a la boda de un gran amigo ignaciano de mi novio.  Luego de beber par de horas, me voy al área de fumar donde aparentemente había una reunión leónica.  En medio de una conversación con el esposo de una amiga de mi novio, le pregunto en que año se había graduado y me dice en el ’93.  Suelto un grito chillón, como cuando fui a ver a Menudo por primera vez en la cancha bajo techo de Quebradillas, que llama la atención de todos los presentes y escupo: “Tú eres de la clase del novio de Ricky Martin”.  La gente alrededor comienza a preguntar qué decía y los ilumino explicándoles que el novio del astro boricua era ignaciano.  Saco mi teléfono iphone 2G obsoleto y busco la foto que había sacado el periódico Primera Hora de Ricky Martin llegando en un jet privado al aeropuerto de San Juan en el que circularon en rojo la cara del Carlos González y la agrandaron, paso el teléfono muy entusiasmada, para ver si alguien conocía aquel boceto.  El hombre que tengo al frente pone cara de serio.  Me dice que el había estudiado con el ignaciano por excelencia y que en sus años de la high iban a buscar mujeres juntos y hasta se quitaban la ropa en los lockers y se vieron desnudos.  Le pregunto cómo era ese hombre en pelotas, pero me percaté que un idiota al lado de él, lo mira juiciosamente y siente le necesidad de defenderse por probablemente haberse dado toallazos en las nalgas en el baño del gimnasio de la escuela.  No entiendo a los hombres y esa actitud de creer que todos los gays les van a tirar. Hello! Los homosexuales también tienen estándares, no es como si le fueran a meter la pinga a cualquier roto que encuentren por ahí.  Esto me acuerda a una cita que leí por Facebook que decía: “Homofobia es el miedo que tienen los hombres a que otros hombres los traten como ellos tratan a las mujeres”.  Necesito que le hagan una estatua al que dijo eso.  Le pregunto si todavía están en comunicación y me dice que no.  Termino sumamente decepcionada, no porque ya no tienen comunicación, sino por la cara de preocupación del marido de la amiga de mi novio a que todo el mundo en la boda se enterara que fue amigo del novio de Ricky Martin.

Es aquí que me percato que la camaredería ignaciana existe para lo que les conviene.  La critico igual que los idiotas acomplejados que odian a los ignacianos porque se siente que no son parte del club de machos cotizados.  Una simple ridiculez de ambas partes.  Siempre he dicho que no importa de donde eres, sino hacia donde vas, no importa donde estudiaste, sino lo que aprendiste, no importa quienes son tus padres, sino quien eres tu.  Hay un refrán que dice: “El que no tiene padrino, no se bautiza”, cuando lo único  que debemos cuestionarnos es si nos queremos bautizar y a veces ni nos lo preguntan.  Y mientras se odian los unos a los otros por ser parte de una elite inexistente o no pertenecer a un grupo imaginario, yo vivo las noches felices sabiendo que Ricky Martin y yo compartimos orgasmos provocados por hombres que cagan oro.

Maldita sea mi vulva

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Publicación orginal: 17 de enero de 2012.

Verano 2006. Tengo hongo vaginal por segunda vez en un mes.  Las mujeres somos una aspiradora sexual.  Recogemos toda la basura que el hombre descarga por su miembro masculino.  Mientras ellos escupen, nosotras tragamos.  Después que tragamos nos sale toda la mierda en forma de “cottage cheese” verde, apestoso y ardiente.  Me siento sola, me pica y no me puedo rascar y si me rasco, me arde.  Los hombres se rascan las bolas frente a todo el mundo, sin complejo.  Nosotras buscamos una cremita.

Pues eso hice. Llegué a la farmacia molesta y deprimida.  Busco el pasillo que las cadenas capitalistas y machistas embarazosamente llaman “higiene femenina”. Veo condones, lubricantes y pruebas de embarazo.  ¿Qué tiene esto que ver con la higiene femenina?  Es más, no hay un pasillo que diga “higiene masculina”, lo que me hace pensar que las meticulosas estadísticas de mercadeo de CVS creen que somos las mujeres las que compramos todo tipo de productos que tengan que ver con sexo en una farmacia.  Encuentro las cremas que estaba buscando y al lado veo unas pastillas naturales para prevenir el hongo, la echo en mi canasta y, más adelante, veo una prueba para saber si tengo hongo.  También cae en la canasta.  Proseguí a pagar, no sin antes parar por el pasillo de los dulces, a ver si el chocolate me aliviaba las penas.  Llego a la caja y el muchacho de 18 años que me atendió, me agarró la crema con un poco de asco, cobró la prueba y las vitaminas con cara de preocupación y cuando se dio cuenta de la cantidad de chocolate que había comprado me mira a los ojos con pena como queriéndome decir: “Mamita, tú sí que estás bien jodí’a”.  Le doy las gracias, aunque lo que quería decirle era: “Muérete”.

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Regreso a mi casa y saco la prueba para saber si tenía hongo o si eran pendejadas de mi cabeza, lo cual lo dudo mucho porque con sendo picor algo tenía que tener, aunque fuera un piojo.  La prueba consiste en insertar un plástico de pulgada y media con un círculo de color amarillo en la parte inferior.  Dependiendo de a qué color cambie el círculo es cuán podrida la tienes.  Leo las instrucciones porque es la primera vez que paso por esto.  Para mi sorpresa, “insertar en la vagina” no es suficiente explicación.  Los autores intelectuales del “screening kit” sienten la necesidad de explicar con dibujos cómo uno debe insertarse la maldita cosa esa.  O sea, si sospecho que tengo hongo vaginal es porque ya sé meterme cosas por ahí.  Me dan dos opciones: la primera es trepar una pierna en el inodoro y la otra es sentarse con las rodillas separadas, o en palabras más coloquiales, espatarrarse.  Eso no es todo. Para percatarse que lo estamos haciendo bien, hay un dibujo de una mujer con las piernas abiertas y metiéndose la prueba por la vagina para adentro.  Demasiada información.  Pues me meto la matraca esa, y sale color amarillo pollito.  Corro a ver la tabla para descifrar qué significa el amarillo.  Para mi tranquilidad emocional dice pH 5 y es el segundo color en la tabla.  Pienso, no estoy tan mala.  La tabla llega hasta 7.5 y el último color es violeta, casi negro funeraria.  Leo: “pH 5 or more, discharge, odor, itching: Yes or No, Reading: May be other vaginal infection.”  Me quedo estupefacta.  Gasto $15.00 en una prueba para que me diga si tengo hongo vaginal y el resultado es “tal vez”.  ¿Dónde está DACO cuando uno lo necesita?  Decido ponerme la famosa cremita.  Espero hasta la noche, no leo las instrucciones porque yo sé por dónde me tengo que meter el tubo.  Preparo la crema y me penetro el tubo plástico de 5 pulgadas.  La experiencia es muy placentera, un dolor horrible me recorre por todas las piernas. Me saco el tubo y no sé qué hacer con él.  No me puedo levantar de la cama porque se me sale la crema.  Me le quedo mirando y digo: “Buenas noches”.  El tubo duerme en mi mesita de noche.  Me levanto en la mañana, agarro el tubo de mierda, lo boto en el zafacón, orino y se me sale la crema.  Pienso, “esta jodienda puta se la tuvo que inventar un hombre”.

Hay que admitir, ¿qué mujer se inventa esa mierda, la patentiza y la recomienda? ¡Ninguna! La mayoría de los ginecólogos son hombres.  Alguien que me explique.  Como dice mi hermana: “Es como ser mecánico y no tener carro”.  Pero es culpa de nosotras, que dejamos que esto pase.  ¿Qué sabe un hombre de dolores de menstruación, de menopausia, de picor vaginal, de tetas? Nada, lo que leyó en un libro.  Por eso se inventan tubos de crema vaginal para atacar el hongo que tienes que aplicarte acostada y después te dicen que no te puedes levantar de la cama hasta 6 horas después.  En otras palabras, métele por el culo el tubo ya usado al marido que duerme feliz al lado tuyo porque también tiene los cojones de, tras que es portador de hongo y no le pasa nada, decir: “¡Ay, fó!  ¿Por cuánto tiempo es que no podemos meter mano?” Ese es el gran apoyo moral.  Por eso se inventan la cremita que hay que repetir por 3 o 7 días.  Claro está, me imagino que una mujer feminista e inteligente dijo: “No puedo más con esta zanganería” y se inventó la pastilla.  Existe una pastilla que se toma una sola vez y se te quita toda la desesperación vaginal.  El problema es que hay que tener receta.  Para sufrir a costa de un tubo incómodo o poco práctico podemos ir a cualquier farmacia, pero para facilitarnos la vida con una pastilla hay que ir al puto ginecólogo, treparte en la cama esa y enseñarle el tostón podrido.

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Ir al ginecólogo es como ir a una iglesia siendo atea.  Por lo menos, así me siento yo.  Primero llego, me atiende una secretaria vestida con “scrubs” de Hello Kitty y me pide el plan de salud.  Al contestarle que no tengo, me abre los ojos con incredulidad.  Le digo que voy a pagar en efectivo y me dice que tiene que preguntar cuánto es porque no sabe.  Desde ese momento, sé que no soy normal.  Me siento a esperar en cualquier esquina, llego equipada con revistas y libros, pero la maldita televisión a todo volúmen en el show “Quién tiene la razón?”, que la administración de la oficina cree que entretiene a los pacientes, no me deja concentrar.  Me entero de que la mujer embarazada que está dos filas más al frente de mí, va a dar a luz en 8 semanas, que es el primogénito, va a ser hembra y se va a llamar María José de Todos los Ángeles porque ella tiene un ovario malo y su marido es unibolo y la nena es una bendición de Dios.  Respiro profundo.  Al mirar al techo, cruzo la mirada con la señora sesentona que está al lado mío.  “¿Mamita que tú haces aquí?”.  La miro mal.  “Es que eres tan joven y no estás casada”.  Soy juzgada por la congregación. “ ¿Cómo sabe que no estoy casada?” “Porque no tienes anillo”.  O sea, la vieja esta me lleva ligando hace rato.  “No, no lo estoy”.  “Yo estoy aquí porque me encontré una bolitas en las tetas.  Mira si subo el brazo así, lo sientes.”  Por poco, la vieja entrometida me pide que le toque la teta.  “Mamita, ¿me prestas una de las revistas que no estás leyendo?” ¡Qué cojones!  Miro la revista, es una Cosmopolitan y bien grande en la esquina inferior derecha en color “hot pink” lee: “Cómo tener 3 orgasmos en menos de 3 minutos”.  Se la doy y me llaman.

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Dentro de la oficina es como el confesionario. El cura me pregunta por mis pecados, aunque él ya sabe cuáles son.  Me dice que me tiene que hacer el papanicolau, que siempre me ha sonado a las plantas monocotiledóneas que estudié en la clase de ciencia de quinto grado.  Luego me dice que me tengo que hacer una prueba de enfermedades transmitidas sexualmente porque estoy activa y soy soltera. Me siento juzgada por el cura del pueblo, porque estoy soltera no significa que sea promiscua. Después me da el discurso de que siempre use condón aunque tenga una sola pareja, que para ese tiempo,  estaba soltera, sin compromiso y solicitando, “porque uno no sabe con quién estuvo él antes que contigo”.   Me dice que me tiene que vacunar con Gardasil tres veces en tres meses.  La vacuna evita el cáncer cervical y el HPV – pienso que ahí vuelve el doctorcito con las enfermedades sexuales – son $200 cada una.  El médico no sabe la razón por la que fui y ya le debo más de $600.  Le digo que había ido por un dolor en los ovarios cada vez que ovulaba.  Me desnudo, me pongo la bata y me trepo a la cama esa que a simple vista parece de torturas de guerra.  Entra una enferma con “scrubs” de Care Bears.  En verdad, estoy confundida.  ¿Cuál es la obsesión de las enfermeras de ponerse ropa infantil?  El ginecólogo me trata de sacar conversación, que no puedo creer que a estas alturas de sus carreras no se han dado cuenta que eso no sirve para distraernos de cuando nos penetran la pinza metálica.  Respiro profundo y para distraerme pienso que los Care Bears en español se traducían a Los Cariñositos – ¡qué charro! – y les salía un arco iris de la panza, que si los conservadores de hoy ven eso dirían que esos muñequitos tienen mensajes subliminales a favor de la homosexualidad. No me doy cuenta de cuando el doctor termina.  Ahora entiendo la sicología detrás de las charrerías de “scrubs” que se ponen las enfermeras.  Estas mujeres son más profesionales de lo que parecen.  El doctor me indica que tengo que hacerme un examen de los ovarios.  Me da la receta y antes de irme le pregunto si la vacuna Gardasil también sirve para los hombres y se me ríe en la cara. Me dice que a los hombres no les da cáncer cervical.  Le contesto: “pero sí les da HPV”.  A lo que responde: “Ellos sólo lo transmiten”.  Exacto.  La ciencia es machista.

Me voy aún más lejos.  Un día estaba viendo televisión y vi un anuncio de un método anticonceptivo intrauterino y el anuncio que vino después de ese fue uno de “male enhancement”.  O sea, las mujeres son las responsables de evitar tener hijos.  El hombre por lo único que se tiene que preocupar es porque le crezca la pinga.  Dígale a un hombre que se meta algo.  Se paniquea, no sirve.  En un día regular de televisión se ven anuncios de anticonceptivos, el aro, el IUD, las pastillas, pruebas de embarazo, anticonceptivos de emergencia y, para los hombres, Viagra y Cialis.  La sociedad no responsabiliza al hombre para evitar hijos, o mejor dicho, los cientifícos machistas con“goggles” y batas blancas.  No hay una pastilla que se anuncie y diga: “para que se te moje como cuando tenías 15” o “para que se te cierre como cuando eras virgen”.  Cuando a la mujer se le seca, la solución es otra puta cremita.

Llego al sitio de radiologías con el estudio que me envió mi ginecologo para saber si tenia alguna anormalidad en los ovarios.  Me apunto y es más o menos la misma historia: no tengo plan médico, la recepcionista no sabe cuánto cuesta y el televisor está en algún show de Univisión donde la esposa le dice al marido que se acostó con su hermano.  De repente, algo más extraño me sucede.  La enfermera me llama y me pregunta: “ ¿Eres virgen?” La miro con una cara de “a ti qué te importa, vieja entrometida, y ¿dónde está tu supervisora?”. ¿Dónde está la ley HIPPA cuando uno la necesita?  Me dice: “sin ofender, si eres virgen, no se te puede hacer la prueba”. Pongo cara de estreñida. Ahora sí que me perdí.  La pobre mujer trata de ser profesional, pero comienza a gaguear, le contesto: “me puede hacer el examen, no hay problemas”, a lo que responde: “Tienes que tomar 64 onzas de agua de cantazo y cuando te estés orinando me llamas”.  Me sienta en otro lugar con las botellas de agua y la gente en la sala de espera me visitaba para saber cuántas botellas me faltaban.  Me sentía como una mona en el zoológico de Mayagüez.   Le indico a la recepcionista que terminé y que tenía que usar el baño.  Me dice que no puedo orinar.  Me pasan al cuarto donde hacen el estudio, me quito la ropa y me acuesto.  Llega la técnica, abre un condón y saca un tubo de metal de como 7 pulgadas.  Le pone el condón al tubo, me lo penetra y comienza a hacer un movimiento de“wiper” limpiando el parabrisas mientras me empieza a contar que su marido se quedó sin trabajo y que ella cree que le pega cuernos.  Pienso en toda la mierda por la que tenemos que pasar las mujeres por nuestra salud y me encabrona saber la cobardía que tienen los hombres al no quererse hacer una prueba de la próstrata porque le van a meter dos dedos por el ano.  La técnica saca el tubo y me indica que me vista.  Le dije: “Si hubiera sabido lo que me ibas a hacer, me hubiera, por lo menos, afeitado las piernas”.  Regreso al ginecólogo, todo esta bien y el cabrón me dice: “Si no quieres dolor en los ovarios, toma anticonceptivas”.

Gracias a Dios que nunca he estado embarazada porque estaría hablando por 3 meses más, pero sí he caído en menstruación.  Cada mes, por 5 días me baja sangre por el roto.  Me da dolor, malhumor, ganas de comerme el mundo y si le digo algo a cualquier hombre, la respuesta es: “¿Estás en esos días?”.  Sí, estoy en esos días y te voy a cantar toda la mierda que me has hecho en todo el mes y me he quedado callada.  Si voy a un médico a quejarme, me dice: “Toma anticonceptivas, eso te quita el dolor”.  Nos tratan como si fuéramos reses en un establo.  Ahora, cuando empieza la menopausia es la misma mierda, que si los calores, que si la depresión. Los ginecólogos dicen que es un cambio hormonal, y te recetan hormonas.  La menopausia es una etapa normal en la vida de toda mujer.  Como dice mi madre: “Tomar hormonas en la menopausia es como darle a un niño una pastilla para que no crezca”. En otras palabras, la impotencia es una etapa normal en la vida de todo hombre. Pero no, ellos no lo aceptan, evidencia clara de que los hombres nunca crecen.  Se inventan la Viagra, lo cual me hace pensar, si las mujeres en la misma edad están chichisecas, ¿a quién se clavarán los hombres?  La Viagra fomenta la infidelidad.  Recuerdo haber leído hace unos años atrás de una mujer que demandó a Viagra porque el marido le fue infiel con una mujer menor desde que empezó a usar la pastilla.  La señora está en todo su derecho y Viagra debería compensarla por muchos millones de dólares porque tiene la razón.  ¿Qué esperaban los químicos que se inventan la Viagra y no se inventan el equitativo para las mujeres?  Por algún roto tenían que meter el susodicho y, obviamente, gracias a la ciencia, no va a ser el roto de su mujer.

Puede ser cualquier roto, siempre y cuando huela bueno.  Se inventan decenas de desodorantes vaginales porque no nos puede apestar la tota a bacalao y ¿cuántos desodorantes masculinos hay? El de los sobacos.   A los hombres les puede apestar las bolas a huevera de 5 días sin bañarse, pero es aceptado que les apesten.  A nosotras no.  Por eso se inventan los condones con sabores a frutas.  Hablando de condones, tras que son el único método anticonceptivo masculino, no los quieren usar porque no se siente igual.  Por lo tanto, es más importante venirse que evitar los hijos o propagar enfermedades.

Recuerdo cuando dejé de tomar pastillas anticonceptivas por no soportar más las migrañas, el dolor en las tetas y ese sentimiento de que me envenenaba cada vez que me las tomaba, mi novio me dice que él se quiere encargar de ser el que evita los hijos en nuestra relación y el único remedio anticonceptivo que encontramos fue el ritmo, como dice mi hermana: “Yo soy producto del ritmo”.  Nos frustramos como pareja.  El me dice que no entiende cómo no hay pastillas anticonceptivas para los hombres.  Yo tampoco entiendo. ¿Los hombres no saben cómo está la cabra suelta que se quiere preñar para cobrar pensión?  Quizás los hombres lo sepan, pero los científicos no.

La bellaquera masculina y la ciencia que la promueve tiene su lado de justicia poética.  Los efectos secundarios de la Viagra lo son: migraña, indigestión, dermatitis, daltonismo, vértigo e infarto cerebral.  En otras palabras, lo peor que les puede pasar es quedarse ciegos o morirse.  Nosotras pasaremos por toda esa humillación médica, pero por lo menos nos consuela saber que vamos a enterrar a ese marido que bebía Cialis y nos pegaba cuernos con una pendeja menor que una, mientras nos llenamos de felicidad planificando qué hacer con el dinero de su seguro de vida.  Todo eso gracias a la ciencia.

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Todas somos putas

Publicación original: 25 de octubre de 2011

ocupacionamadcasa.blogspot.org

Todas las mujeres somos putas, eso lo tengo bien claro.  Unas son más astutas que otras, unas consiguen más que otras, unas se lo disfrutan más que otras, pero todas, en fin, somos putas.

¿Qué es una puta?

 Mi sabia madre me dijo desde niña que la vida de una mujer no era fácil, en especial, en este país machista-tercermundista en el que nací.  A mis 12 años, compartió un secreto de hermandad: las dos herramientas mas importantes para que una mujer sobreviva en este mundo son tener buen crédito y saber manipular a los hombres. A los 16 años me sacó mi primera tarjeta de crédito para que puisera en práctica la primera herramienta.  La lección para la segunda herramienta comenzó esa misma noche.

Me había bajado la regla por primera vez, así que la liberal de mi madre me dijo: “Como ahora te puedes preñar pues te voy a dar el ‘sex talk'”.  Era una niña precoz y veía muchas películas R, así que ya sabía por donde venía la cosa.  Mami me dice: “El sexo es lo mejor que vas a hacer en la vida.  No conozco a nadie que diga que no le gusta” y comenzó a darme explicaciones explícitas de lo que iba a sentir y de lo que iba a hacer.  Siguió: “Cada vez que lo hagas usa un condón, no te puedes preñar, si te preñas te lo sacas y no me digas nada porque yo soy tu madre y se supone que te regañe”.  Entendido.  Finalizó: “Nunca te mueras por un hombre, que ellos se mueran por ti y ya sabes, una dama en la calle y en la cama se lo que tengas que ser”.  Ya entrada en la adolescencia entendí esa parte.  Una cosa es ser puta y otra cosa es putear.  Años mas tarde, mi abuelo, que en paz descanse, me dice de la nada sentado en el balcón de su casa: “Aunque estés molesta con tu marido, acuéstate con él”.  Me chocaron sus palabras, era la primera vez que me hablaba como hombre y no como abuelo.  Cuando me molesto con Alfredo, pienso en él.  Aprendí la diferencia del sexo para el hombre y para la mujer.  Los hombres son animales, se manipulan en la cacería, no desnudas.

A los 14 años, mi madre me mete a coger clases de refinamiento, claro, ella juraba que yo me iba a casar con el príncipe William.  Entre lección y lección me confundía el por qué los hombres le tienen que abrir las puertas a las mujeres, de por qué el hombre debe pararse al frente de la mujer en las escaleras eléctricas, de por qué el hombre, cuando se cruza la calle, debe estar al lado de donde venga el tránsito.  Me hacía sentir como una inútil.  ¿Dónde están las feministas?  Me dejé llevar por la corriente, es cuestión de que te valoricen, pensé.  No le di cabeza hasta varios años después.

Cuando vivía en Los Angeles, el esposo de una amiga dijo: “Yo no sé por qué el hombre tiene que pagar la cuenta en las citas.  Las mujeres hoy día trabajan y la pueden pagar.  Además, no buscan la igualdad con los hombres, pues que paguen”.  Sentí esa cosquillita que te entra por los pies, te recorre la sangre y te empieza a latir el cerebro, agudizado por el ron que había consumido, no me pude aguantar y escupí: “Porque por eso les mamamos las pingas”.  Pasó  como en las películas, hasta la música se apagó y todo el mundo me miraba.  Ahora que tenía la atención de todos en la habitación, abundé: “Mira nene, tu te crees que nosotras nos morimos por mamártelo, pues déjame decirte que no.  Te crees que nos gusta ponernos en cuatro y darte el culo, pues no.  Los gay lo hacen porque ellos tienen próstata, nosotras no tenemos.  Tú te crees que nos gusta acostarnos con ustedes a cualquier hora en cualquier parte de la casa o en público.  Pues no.  Lo hacemos por deber.  El deber de una mujer a mantener a nuestra pareja contenta.  Lo menos que tu puedes hacer por mí es pagar la cuenta del restaurante, abrirme la puerta del carro y comprarme flores de vez en cuando.  Nosotras los mantenemos contentos y ustedes pagan, ¿entendiste? Fulanita (voy a mantener el nombre de la esposa en el anonimato) si se queja, sus razones tendrá.  Haz algo por él.”  Por lo visto, no entendió mucho porque ambos se fueron de la fiesta.  Ahí, rodeada de amigos que me aplaudieron, comiendo pizza de Domino’s y medio mareada del alcohol, me di cuenta que había encontrado el santo grial de las relaciones.

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Semanas después conozco a Alfredo.  Después de enamorarme hasta el tuétano, Alfredo me dice: “Quiero sacarte a comer, pero no tengo dinero.  Tenemos tres opciones, quedarnos en la casa, salir a un restaurante, pero nos dividimos la cuenta o te puedo llevar al KFC que queda aquí al lado”.  Yo decidí ir al KFC.  Alfredo se sintió macho al sacarme de la casa y pagar por nuestra comida de fast food.  El KFC estaba vacío, el manager nos atendió, nos llevó la comida a la mesa, me regaló un pop-corn chicken y cantamos hasta la medianoche la música de los ochenta que tenían en la radio.  Cuando botamos la basura y pusimos la bandeja encima del zafacón.  Alfredo y yo nos miramos y él me dice: “No puede ser que la mejor cita de mi vida haya sido en un KFC”.  Sí, así fue.  Y en ese momento, Alfredo me abrió la puerta del establecimiento y después la del carro.  Ese día me enteré que me había convertido en su puta.

Después de cuatro años de relación, de miles de salidas y cientos de conversaciones existenciales.  Alfredo me lleva casualmente al cine.  Alfredo y yo nos enamoramos en el cine y también hemos debatido intensamente por largas horas a consecuencia del mismo.  Vimos Inception.  La película estaba muy buena, pero a Alfredo le encantó.  Mientras hablamos con terceras personas, me percato de la fascinación de los hombres con la misma.  Todos estaban mamando con la puta película.  Se decían que entre sí que esa trama tan ingeniosa y original hacía la película inolvidable.  Yo solté una carcajada y Alfredo me miró con una ceja más arriba de la otra y me pregunta: “¿No te gustó?”  Respondo que sí, pero que no era para tanto.  “¿Cómo que no es para tanto? Ese guión y esas secuencias estaban espectaculares”.  Le digo: “Sí, Alfredo, estoy de acuerdo, en lo que no estoy de acuerdo es con que la película es original e ingeniosa”.  Alfredo cuestiona: “¿Cómo que no es original?”  En ese momento, comparto el santo grial con mi pareja, aquel consejo que me dió mi madre cuando caí en menstruación por primera vez y que me cambió la vida: “Nada que no hayamos hecho las mujeres desde el principio de la humanidad”.  Alfredo luce confundido.  Abundo: “Cuando una mujer quiere algo de un hombre le siembra la semilla de esa idea en el cerebro y le hacemos creer que esa grandiosa idea se le ocurrió a ustedes, le aplaudimos y le decimos: Mi amor, que brillante idea, tu eres tan inteligente”.  Alfredo no lo quiere aceptar.  Me dice: “O sea, que cada vez que de tu boca sale qué brillante idea, tu eres tan inteligente, ¿tú querías que hiciera eso?” Contesto afirmativamente.  “Dame un ejemplo” me exige.  Obviamente, le doy uno hipotético.  “Imagínate que yo quiero que tu aprendas a hacer mojitos porque es mi trago favorito, pero como la mayoría de la mujeres dicen sin saber que están mintiéndose a ellas mismas, yo quiero que salga de ti.  Cuando a ti te dió por hacer el huerto en el balcón, yo te hubiera dicho que sembraras albahaca, romero y yerbabuena, aunque yo no uso la yerbabuena para nada.  Las plantas hubieran florecido y al tu cortarlas hubieras pensado para qué sirve la yerbabuena.  Yo me hubiera hecho la pendeja y te hubiera dicho que no sabía y tu mente llena de lógica y sentido común hubiera dicho para hacer mojitos y yo te hubiera dicho, mi amor eres un genio.  Así funciona.”  Alfredo comienza a reírse y me dice el mejor halago que una mujer inteligente pueda recibir de un hombre: “Cabrona”.

Las peores putas

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Las peores putas son las mujeres de Torrimar.  No sabía que existían hasta que me mude al área metropolitana hace dos años.  Una mujer de Torrimar, no es una mujer que viva en esa área geográfica específicamente, ser de Torrimar es un estilo de vida.  Son mujeres que las estrenan desde niña a no ser independientes y piensan que el logro mas grande de una mujer es casarse con un hombre que venga de familia adinerada, aunque él no sirva para nada, las mantenga y las preñe para así asegurarse de no trabajar.  Casi todas son estadistas, no saben cocinar y tienen una empleada doméstica.  Buscan a sus hijos a la escuela conduciendo guaguas de marcas europeas, aunque no las puedan pagar, porque es muy importante comerle mierda a los demás padres.  Se visten de ropa de gimnasio aunque no hagan ejercicios porque prefieren ir a Figurella, que cansarse.  Odian a Calle 13 y piensan que Sylvia Rexach es una actriz.  Compran carteras Gucci y creen que Boticelli es una pasta.  Hacen fiestas en la marquesina de sus casas para vestirse porque es mas importante lo que llevas puesto que tu presencia.  No leen Cien años de soledad, pero estan suscritas a Imagen.  Hacen préstamos para que sus hijas desfilen en el Caparra Country Club, pero no le dan un centavo, ni le dedican tiempo a alguna organización filantrópica.  Para ellas, Versailles es un restaurante cubano, no el palacio de María Antonieta.  Aguantan cuernos porque es mas importatne la vida de apariencia a vivir pobres.  Viajan a conciertos a Miami, van de shopping a NYC, esquian en Colorado, pero jamás viajan para aprender cultura o algo del mundo.  Hacen de tripas corazones para que sus hijas estudien en CPN o Maria Reina y la graduación no es cuando la niña culmine cuarto año, sino cuando de su cuello cuelgue una sortija cuadrada con un león en el centro y la frase “fortes in fide”.

¿Por qué estas son las peores putas?  Porque estas mujeres no se merecen lo que los hombres les dan.  La diferencia entre estas mujeres y un mantenido por el gobierno es le tamaño de sus casas.  No aportan nada a la sociedad y lo peor de todo es que tampoco quieren hacerlo.  Por lo tanto, con esas mentalidades retrógradas y la falta de un sentimiento de pertenecer a una sociedad, no me sorprende que este país este tan jodido.

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Recuerdo que me invitaron a una cena a casa de una mujer de Torrimar de mi edad.  No tenía muchas ganas de ir, pero como Alfredo me arrastra a hacer networking a cualquier lugar y quedaba demasiado cerca de mi apartamento como para decir que no, accedí.   Me pongo unos mahones y unos flats, total, era lunes por la noche.  Alfredo no aprueba mi selección de ropa, él tiene más experiencia que yo con estas mujeres, así que me puse unos wedges, eso sí, rehusé maquillarme.  Cuando llego a la fiesta, todas las mujeres estaban vestidas como si fueran para una entrevista de trabajo en Vogue.  Los hombres se pusieron a jugar XBox y las mujeres se quedaron en la cocina hablando de CostCo.  Miro a Alfredo con cara de amargura y el me devuelve la mirada vacía.  La dueña de la casa me pregunta de la nada que cuando me voy a casar y le contesto que no siento la necesidad, que vivía con él hace años y la única diferencia entre casarme y lo que tengo ahora es un papel, que si casarme es tener una fiesta, puedo esperar.  Claro, estas mujeres no entienden eso, no las dejan vivir solas antes de casarse y tampoco pueden pernoctar en casa de sus parejas porque hay que aparentar que eres una católica apostólica romana y no vives bajo el pecado de la carne.  Le digo que de mi parte tampoco me convendria porque me pienso casar por capitulaciones.  Me dice que no importa, que ella estudió derecho y se dió cuenta de la importancia del matrimonio.  Le digo que mi papá es abogado y si fuera importante casarme, ya me lo hubiera dicho.  Le pregunto hace cuanto se había casado, me dice que hace menos de un año y abundó: “Yo no tuve un compromiso así como que él me propuso matrimonio, después de terminar derecho le dije a mi marido que ya era hora de casarnos que me diera un año para planificarla y la boda la pagó mi papá”.  Obviamente, el padre le pagó la boda, ya sabía que era una típica Torrimareña y obviamente, el marido no le propuso matrimonio, parte del plan es meterle a la mujer por los ojos al hombre, además de que entre ellos, no hay química, se nota a leguas.  En cambio, yo seré ilusa, pero espero que el día que Alfredo me proponga matrimonio, se arrodille, llore como protagonista de novela de Televisa, y me diga las razones por las cuales no puede vivir sin mi.  Le contesto que si mi papá fuera a gastar dinero en una boda, preferiría que me lo diera para yo inventirlo en mi negocio.  Que Alfredo y yo tenemos un contrato que, aunque no es matrimonial, nos ata legalmente y que la única ventaja que veo es poder compartir el seguro de salud con él porque ahora mismo no tengo ninguno.  Me dice: “Yo leí un caso, en la escuela de derecho, de una mujer que el marido estuvo en el hospital y no pudo tomar decisiones por él porque no estaban casados”.  Le digo que eso le conviene a Alfredo porque yo creo en la eutanasia.   La chica se me queda mirando como Tyra Banks, sonriendo con los ojos, sin decir nada, pienso que ella cree que la eutanasia es una vitamina antioxidante recetada por un naturópata.  No me entiende y la verdad, yo tampoco a ella.  Saca el álbum de boda y me dice que no lo puedo ver a menos que me lave las manos y tampoco podía estar a seis pies de distancia si tenía un trago en la mano.  Alfredo le pregunta al marido si ella está hablando en serio y él le dice que sí y ella añade: “si el álbum te hubiera costado $3500, tú estarías igual que yo”.  Vamos a aclarar, no me quiero casar y mucho menos quiero ver el album de boda de una persona que he visto tres veces en mi vida y si ese album costó $3500, además de que es una estafa, no le costó nada a ella, porque ella es una simple recién graduada de derecho, que se colgó en la reválida y el marido la mantiene.  Y esa mujercita se cree que puede darme consejos o tan siquiera hacerme saber que lo que ella tiene es mejor que lo que yo tengo.  La gente tiene que entender de una vez y por todas, que no todos queremos lo que ellos quieren.  A mí la felicidad me la trae mi independencia.  Yo no me acuesto con un hombre para que me mantenga, yo me acuesto con un hombre porque quiero.

Las mejores putas

elojocondientes.wordpress.com

Efectivamente, esas son las mejores putas.  Las mujeres que se acuestan con los hombres porque quieren, porque aman a su pareja sin querer nada de vuelta, excepto respeto e igualdad.  Las mejores putas son las mujeres independientes que no necesitan de un hombre, tienen uno porque las complementan.  Las mejores putas son las que se quieren a ellas mismas más de lo que jamás amarán a un hombre.  Son mujeres que aman con la razón, no por conveniencia.  Si el marido les pega cuernos, lo dejan.  Y esa es la clave, las mejores putas son aquellas que sus parejas saben que ellas no van a estar ahí siempre.  Si su comportamiento no es aceptable, si no son buenos esposos, buenos padres, buenos proveedores, se quedan solos.  Digo proveedores, porque a ellas nos la mantiene nadie, pero tampoco mantienen a nadie.  Si estan en la casa ejerciendo su rol de madre es porque lo desean, no porque las obligan.  Son las mujeres que hacen trabajar a los hombres por lo que ellos quieren.  Son las mujeres que usan la manipulación de Inception a beneficio de él o de los dos, nunca a beneficio de ellas solas.  Son las mujeres que los hombres nunca llamarían puta.

La pelota de los Bravos

Publicación original: 3 de noviembre de 2010

Detesto la pelota.  Lo considero uno de los juegos mas injustos que hay en el mundo.  Eso sin mencionar, que sus propios fanáticos no saben la razón de la mitad de las reglas.

Empecé a ver la pelota cuando estaba en la universidad.  Los estudiantes en mi dorm se sentaban en el lobby del piso para ver por largas horas un hombre tirarle una bolita a otro.  Encontraba el juego largo, lento y aburrido.  Hay que esperar tanto para que algo entretenido pase y probablemente, ese algo entretenido pasa cuando te fuiste a mear.  Por ser social, me sentaba a ver el juego y les preguntaba sobre las reglas, puntuaciones, jugadores, entre otras cosas.  La primera pregunta fue por qué son 9 entradas.  Me estaba extraño porque normalmente, la gente cuenta del uno al diez, no del uno al nueve. Nadie me contestó.  La otra pregunta fue por qué son 3 strikes y 4 bolas, no entendía  el que los números no eran iguales.  Me dijeron que hacer un strike es mucho mas difícil que hacer una bola.  ¡Al fin me convencen con una respuesta!  Lo que me preocupaba era que el árbitro, con su poder autoritario de dictadura militar a lo Hugo Chávez, era el único que decidía si una bola era strike o no.  Una y otra vez se veían los replays argumentando, claramente, que el strike que le cantó el árbitro al pitcher había sido una bola o viceversa.  Los habitantes del país que mas se jacta de su democracia se metían la lengua en el culo y acataban la decisión sin quejarse mucho.  Para colmo, ¿cómo puedes llamar atleta a un viejo de 40 años con una panza de cervecero Schaffer que cuando le da a la bola, le ponen a otro jugador para que corra por él? Por último y lo peor, es un solo bateador contra los nueves jugadores del otro equipo que hay en el parque.  Si este pobre y único jugador le da a la pelota con gran  fuerza y exactitud en el Hiram Bithorn y la saca del parque, la misma jugada con la misma fuerza y la misma exactitud en el Yankee Stadium seria un out.  ¿Por qué? Porque los parques de pelota no miden los mismo.  ¿Alguien me puede explicar? Aparentemente no, porque me mandaron a callar.  Es en ese momento que me percato que la gente puede disfrutar de un deporte sin entender el por qué de las cosas o qué es lo que está pasando.  Cada vez que conocía a una persona que le gustaba la pelota, le hacía las mismas preguntas.  Siempre me contestaban: “porque es así”.

Era el año 2001 y como mi universidad quedaba en New York, la mayoría del cuerpo estudiantil eran fanáticos de los Yankees y el otro 45 % eran fanáticos de los Red Sox.  El odio se podía oler a kilómetros.  Curiosa de la rivalidad, pregunté cuántas veces habían jugado uno contra el otro y cuántas veces había ganado cada equipo.  Un silencio rotundo acaparó el salón.  Todos me miran con cara de incredulidad y por primera vez en mi vida, me sentí como rubia de farmacia que usa el tinte Wella 1290.  Me explicaron “the curse of the bambino”, que los Red Sox le vendieron Babe Ruth a los Yankees para que las esposa del apoderado del equipo pudiera financiar un musical y desde el 1918 no ganaban.  Rewind! Este juego tras de injusto, machista.  ¿Por qué tienen que culpar a una mujer que le gusta el teatro?  En vez de abrir los ojos y aceptar que si un equipo no gana desde hace 90 años, no es mala suerte, ni una maldición, es, simplemente, porque son malos.  Además, ¿cómo se puede ser fanático de un equipo que desde que sus fanáticos nacieron, no ha ganado?  Por otro lado, hay que ser bastante pussy como para ser fanático de un equipo que siempre gana, como los Yankees.  Me contestan que peor están los Cubs y me explican “the curse of the Billy Goat”.  Los Cubs no ganan porque no dejaron entrar a la cabra de Billy porque apestaba.  Pienso que los Cubs no ganan por culpa de otro tipo de cabras, pero la idea me resulta machista también, así que me quedé callada.

Me doy por vencida, antes destestaba la pelota porque no la entendía y ahora que traté de entenderla, la odio mas.  Para el año 2004, ganan los Red Sox y no más maldición del bambino, aunque  Puerto Rico se quedó con otro bambino que me gustaría que mas gente maldiciera, un tal Tito.  No mas pelota para mí.  Hasta que llegó ya saben quién.

La primera mañana que paso junto a mi amor, abro los ojos a eso de las 8:00 am, él ya estaba despierto y vestido con un uniforme de pelotero, gorra y hasta con las líneas esas negras que se hacen debajo de los ojos.  Me dijo: “Tengo un juego, te veo mas tarde”.  Yo pensé que le gustaba el role play, pero me doy cuenta que estaba hablando en serio.  Cierro los ojos y sigo durmiendo.  Cuatro horas mas tarde llega Alfredo, todo sudoroso y me dice muy efusivo que habían ganado.  Meses mas tarde me admitió que había sido el único juego que había ganado su equipo en toda la temporada.   Admito que el uniforme se veía muy sexy, así que como toda perra, se lo quité.  Todos los años, ese día, celebramos  nuestro aniversario.  Desde ese momento supe que la pelota y mi relación se iban a entrelazar eternamente.

El fin de semana después me doy una borrachera de madre en una fiesta y empecé a bailar con cuanto pendejo se me paraba al frente.  Alfredo no dijo nada.  Dos horas después me dice: “Me voy.  Yo vine a estar contigo y aparentemente, tu tienes otros planes”.  Ouch.  Me sentí bastante mal.  Le pido disculpas y le pregunte qué puedo hacer para corregir mi falta.  La respuesta fue: “Ven conmigo a mi juego de pelota mañana”.  Me quedé bruta y le digo que voy feliz de la vida si me contesta las siguientes preguntas y me convence con la respuesta.  Empezamos.

-¿Por qué son 9 entradas?-pregunté yo

-Porque son 9 jugadores y por cada entrada son 3 outs.  Por lo tanto, cada jugador debe tener tres oportunidades de batear por cada juego -responde Alfredo.

Me quedo patidifusa con la respuesta.  Me convenció.

-¿Por qué no todos los estadios miden los mismo?-pregunto

-Se llama “home field advantage”.  Los diseños de los estadios son tan variados que se beneficia al equipo de la ciudad donde se esté jugando, aunque el diamante, en todos los estadios, mide los mismo.

No me convence del todo, pero tiene un punto.

-¿Cuál es tu equipo favorito?

-Los Bravos de Atlanta

-¿Por qué?

-Porque cuando tenia 7 años jugaba en un equipo de pequeñas ligas que se llamaban los Bravos.

No me esperaba una contestación tan adorable.

-¡Voy contigo!

Solo duermo 4 horas y cuando me voy a vestir para ir al juego me doy cuenta que me quedé en el apartamento de Alfredo y la única ropa que tengo son los skinny jeans, la tank top, una chaquetita negra y unas tacas violetas que había usado para la fiesta la noche anterior.  Sin mas remedio, me pongo la ropa y me subo al carro.  Estaba nublado y hacía bastante frío.  Llegamos al parque y Alfredo se apresura para calentar con su equipo.  Yo estuvo alrededor de 25 minutos para llegar a los bleachers.  Las tacas se me encajaban en la tierra húmeda y había que bajar por una jalda de como 5 pies.  Me siento en los bleachers y un frío me recorre todos los muslos.  En menos de 5 minutos tengo las uñas violetas.

Como solamente prestaba atención al juego cuando Alfredo estaba bateando, decido aprovechar y llamar a mi madre y a mi hermana que cumplían años ese día.

-¡Hello mami! Felicidades!

-Gracias, mi amor.

-¿Qué haces?

-Pues aquí en el hospital.

-¿En el hospital?

-Sí, es que hice pancake de desayuno y la mezcla tenía ácaros y a tu hermana le dió alergia.  Se le empezó a cerrar la traquea y corrimos para el hospital.  Llevamos todo el día aquí, pero estamos de los mas bien.

-¿Estás pasando el día de tu cumpleaños en el hospital?

-Nena sí, como cuando parí a tu hermana -me dijo a carcajadas.

Mi familia es bien extraña, se ríen de cosas que harían llorar a cualquier otra persona.

-¿Tú qué haces, Lydia?

-Estoy aquí en un juego de pelota

-¿Qué carajos haces tú en un juego de pelota? ¡Tú odias la pelota!

-Mami, es que vinimos un grupo de gente a ver el juego de un amigo.

Mientras digo esas palabras miro a mi alrededor y soy la única sentada en los bleachers.  Me explico, hay alrederor de 20 hombres en el parque y yo soy la única fanática.

-Por lo menos te entretienes hablando con la gente que tienes al lado.  ¿La estás pasando bien? -pregunta mi madre.

-Sí, mami. Súper.- mentí despiadadamente

Le engancho a mi mamá y casi no siento los dedos del frío.  Trato de caminar por el parque, pero las tacas me lo impiden y es ahí en ese parque nublado, frío y vestida de la noche anterior que me pregunto: ¿Qué me pasa?  Mi madre tiene razón, yo odio la pelota. ¿Qué hago yo aquí?  Un rayo de sol se coló por las nubes, o eso pensé yo, y me percato que estoy loca y perdidamente enamorada de este hombre vestido de pelotero.  En eso Alfredo me agita su mano a lo lejos y yo me hago un ocho, no sé que hacer.  Alfredo se acerca y me dice: “¿Puedes creer que uno de los compañeros de equipo me preguntó si tu eras mi esposa?”.  Me sonrío. “Le dije que llevábamos saliendo hace una semana.  Que cool que la gente se de cuenta de nuestra química”.  Fue ahí que supe que esto iba a funcionar.

Años mas tarde, Alfredo me lleva a mi primer juego de pelota de las Grandes Ligas.  Los Dodgers se enfrentaban a los Bravos en el Dodger Stadium.  Para hacerme la tarde mas llevadera, Alfredo invita a mi mejor amigo, Ruben.  Alfredo se viste de pies a cabeza de los Bravos y el resto de nosotros nos pusimos nuestros uniformes de los Dodgers.  Mientras llegábamos a nuestros asientos, decenas de personas empiezan a abuchear a Alfredo, y el levanta sus brazos en señal de victoria.  Si hay algo que admiro de Alfredo es el que a él no le importa un carajo lo que piensa la gente.  Es muy refrescante.   Jamás pensé que me iba a divertir tanto.  Me comí un hot dog, un cotton candy, un pop corn, unas papas fritas con mojito de ajo y un Cuba Libre de como 64 onzas.  Estuve todo el juego poniéndome al día con Ruben y aplaudíamos cuando todo el mundo lo hacía.  De repente, un loco brinca al parque y comienza a bailar.  Alrededor de 14 guardias de seguridad corren como locas detrás de él.  Lo tiran al piso y lo arrestan.  El suceso fue bastante violento.  Alfredo se para y comienza a gritar ritmicamente: “Let him dance” y de repente, todo el estadio coreaba lo mismo.  Si hay otra cosa que admiro de Alfredo, es su poder de convocatoria.  Cada vez que los Bravos anotaban, el corría a donde los 5 fanáticos que habían de los Bravos en los miles de personas en el estadio para celebrar.  Los Bravos ganan y a él por poco le da un infarto.  Una anoréxica detrás de mí le dice: “Go back to your town, freak”.  Yo estaba totalmente insulatada, hasta que Alfredo le contesta: “I’m not from Atlanta, bitch!”.  Sí, ese es mi macho.

A los dos meses, Puerto Rico gana los dos primeros juegos del Clásico de Baseball y si ganaban el tercero, la semifinal sería en el Dodger Stadium.  Alfredo tiene nueva misión en la vida, comprar taquillas y conseguir pleneros que fueran con él a animar al equipo de Puerto Rico.  Comienza a hacer las llamadas para reclutar fanáticos, conseguir instrumentos musicales caribeños y banderas.  Puerto Rico pierde el juego antes de la semifinal y a mi hombre le da una perreta infantil, se sienta en el sofa de la sala y se le aguan los ojos: “ Este equipo siempre hace lo mismo”.  Le digo que no era para tanto.  Me dice que sí.  Salimos a cenar y cuando regresamos a la casa había una caja en la puerta.  Le pregunto que si sabía lo que era y me dijo que sí, que la abriera porque el no quería.  Me estuvo raro, busco una navaja, abro la caja y encuentro una jersey del equipo de Puerto Rico con mi apellido y mi número favorito.  Me dice: “Era para que te la pusieras para ir al juego, pero los mamones perdieron”.  Me dió mucho sentimiento y ahí empiezo a entender un poco mas a los fanáticos de la pelota.  No es que un equipo gane para demostrar que es mejor que otro.  Es el significado de orgullo e identidad que le da un país o una ciudad a su equipo.

Cuando nos mudamos a Puerto Rico, pensé que iba a descansar un poco del baseball.  Una mañana, mejor dicho, tarde, me despierta Alfredo muy romántico y me pregunta: “Si yo compro pasajes para ir a Atlanta y ver el juego de los Bravos en los playoffs, ¿irías conmigo?”.  Me creo que todavía estaba dormida y soñaba, pero después de 5 segundos me ubico.  Durante estos años con Alfredo he aprendido que mientras mas le sigues la corriente a cuanta idea absurda el te presenta, mas se goza.  Pues le dije que si.  Alfredo llama despavorido a su amiga Ilene, que vive en Atlanta y ella, como buena amiga, lo empieza a alentar, como si él lo necesitara, y nos ofreció estadía.  Compramos pasajes y boletos.  El único problema era que si los Bravos perdían el juego del próximo día, el juego para el que compramos boletos y pasaje, no se iba a dar.  Paso 24 horas con el corazón en la garganta.  Ví el juego entero por la tv y ganan.  Por fin, pude respirar.  Dos días mas tarde estaba en un avión rumbo a Atlanta.  Llegamos y nos recibe Ilene.  De las miles de amigas que tiene Alfredo, ella es de las pocas que me cae bien.  Ilene es una mujer de esas que te dice las cosas sin “frosting”.  Yo me identifico y aprecio grandemente ese nivel de honestidad que mucha gente llama, erróneamente, poco tacto.  Llegamos a su casa y su esposo, Alberto, nos dice que cumplían 8 años de casados en dos días.  Nos dimos el “welcome drink” y los observo por un rato sin decir nada.  Ilene se reía de los chistes de Alberto como si fuera una adolescente y a Alberto se le cristalizaban los ojos cada vez que la miraba.  Fui testigo de una complicidad entre una pareja que despues de 10 años juntos, 8 años de casados y dos hijas, cual mas linda y picoreta de las dos, se trataban como si todavía fueran novios.  Aprendí que para que una pareja funcione no se puede privar a la otra persona de la libertad de ser quien es.

Despues de ir al acuario, CNN, al museo de Coca-Cola y de comprarme la gorra, tank top, y pantalones cortos de los Bravos, llegamos al Turner Field Stadium.  Alfredo nunca había ido al templo de su equipo favorito.  Los ojos le brillaban y corría como un loco por todos lados, parecía un niño de 6 años cuando lo llevan a Disney por primera vez.  Nos sentamos a ver el juego y la única carrera que hicieron los Bravos pasó cuando Alfredo fue al baño.  Sí, se la perdió.  Ilene, Alberto y yo nos miramos con expresión de “O no! Embuste!”.  Alfredo llega decepcionado e Ilene para consolarlo le dice: “¿Para qué te vas cuando tu equipo está bateando? Bueno que te pase”.  Alfredo admite que ella estaba bien.  Seis entradas mas tardes los Giants hacen 2 carreras, Los Bravos pierden y se eliminan.  Asi que pasamos de tener la oportunidad de ver a los Bravos pasar a la final, a ver la eliminación del equipo.  Alfredo colapsa en su asiento y se le aguan los ojos.  Lo único que pude decir para consolarlo fue: “Por lo menos, viste el ultimo juego de Bobby Cox”.  Se levanta sin mirar atras.  Todos le cogimos pena.

Mientras Alfredo camina cabizbajo hacia el carro, le digo: “Levanta esa cara bella y barbuda y ríete.  ¿Sabes todos los fanáticos de Atlanta que nunca verán un juego de ellos en este parque porque no tienen los cojones de comprarse un pasaje y llegar hasta acá? Yo soy una de esas personas.  He sido fanática de Rafael Nadal por mucho tiempo y nunca lo he visto jugar en persona”.  Alfredo me mira y responde: “Yo te llevo al proximo US Open para que lo veas”. Después de toda esta odisea, coño, me lo merezco.

Del amor, Metallica y otros demonios

Publicación original: 21 de octubre de 2010

nolifetilmetal.com

Si hay algo más parecido a un endemoniado; definitivamente, lo sería una persona que disfrute del heavy metal.  Nunca he podido “apreciar” ese extraño género musical de hombres peludos cantando con una carraspera tuberculosa, el fin de los días y de como todos vamos a terminar quemándonos en el infierno.  La primera vez que escuché este tipo de música estaba en 9no grado.  Mis amigos habían descubierto, más allá del rap underground de Vico C, estas bandas ensordecedoras que causaban palpitaciones en el corazón y todos brincaban de arriba para abajo sin ritmo como saltamontes tratando de alcanzar el movimiento incontrolable de las hormonas juveniles.  Con mucho orgullo, nos negabamos a bailar al ritmo de Ruben DJ, Wiso G o MC Ceja.  Mis clases privadas de historia de la música metal llegaron con mi primer novio.  Es en este momento que descubro los nombres de las bandas que escuchaban todos mis amigos, entre ellos: Sepultura, Misfits, Pantera, Black Sabbath, Iron Maiden, Slayer, etc y peor aún, las carátulas de los discos: cruces, cementerios, niños llorando, muñecos voodoo, murciélagos, monstruos, fuegos, relámpagos y mucho negro.  Aprendí que el símbolo por excelencia es la calavera, como los piratas.  En otras palabras, si el Pirata Cofresí hubiera nacido por estos años, en su barco se escucharía heavy metal y Quebradillas, la guarida del pirata, sería su cuna musical.

Si interesante son los símbolos, mejor aún es la vestimenta.  No sé si era rebeldía por estudiar en un colegio católico de monjas endemoniadas (cual monja no lo está), pero en esto admito que pequé.  Durante mis 14 y 15 años vestía toda de negro, con sombrero, medias de mallita, botas hasta la rodilla y pantalones de cuero, muy adecuado con el clima húmedo y tropical de Puerto Rico.  Me maquillaba los ojos con sombra negra y hasta los labios con lipstick negro que compraba a montones en la época de Halloween para que me durara todo el año.  Mi novio me decía que era una hipócrita, que yo no escuchaba esa música y que ni siquiera me gustaba, pero me vestía como si fuera una gran fanática.  Hasta que un día me compré un pin que decía “I dressed this way to bother you”.  Nunca volvió a tocar el tema.  Disfrutaba la cara de la gente cuando me veían pasar.  Siempre me ha gustado joder a los demás y de eso se trata el metal, un escape a la jodienda puta de la vida.  La música, no gracias.

Hasta que un gran día como cualquier otro en mi infierno de escuela, me llaman a mí y a todos mis amigos a la capilla que el cura del pueblo quiere hablar con nosotros.  El cura escupe: “Mis niños, no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir.  Ustedes con esa música lo estan llamando y yo tengo experiencia.  Yo he visto exorcismos y se los poderes de lo oculto”.  Yo no sabía que en el seminario se estudiaba que para llamar al diablo había que escuchar heavy metal.  Cuando mi padre se entera corre a demandar al colegio y todo el asunto termina con una reunión de padres para que el cura nos dijera con su acento colombiano del cartel de Medellín, lo excelentes niños que éramos.  Definitivamente, Satanás no estaba en la música, sino vivito y coleando paseándose por la plaza pública de Hatillo.

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Me di cuenta del poder social de este género y seguí preguntando.  Me entero que el padre del metal lo es Ozzy Osbourne.  Cuando vi una foto de Ozzy Osbourne por primera vez no entendía la fascinación de nadie.  Pregunté por que tenía una túnica negra, a lo que me contestaron que estaba vestido de cura satánico.  Ya yo había conocido a uno y sí, admito que se veían igual de enfermos mentales. Le decía a mi novio, ese hombre es un viejo que puede ser tu padre y mientras más se lo criticaba, más lo idolatraba él. “¿Cómo vas a decir eso? Ese hombre, en un concierto, le arrancó con la boca la cabeza a un murcielago”.  Pensé, tras de viejo, está de manicomio.  Pobre Batman, podría terminar degollado por un cantante de heavy metal y con él, la esperanza de ciudad gótica.  Que ironía!  Pero no termina ahí, mi novio muy emocionado me dice, “Tambien le arrancó la cabeza con la boca a una paloma en una reunión que tenía con su casa disquera”.  ¿Qué se supone que yo contestara? Bueno, eso explica muchas cosas de los exponentes del género.  Para ser más gráfico, me enseña una foto del momento y veo a un hombre con el pelo hasta los hombros y la boca llena de sangre sentado en un escritorio.  El símbolo de la paz termina en la boca de un cantante de heavy metal y pienso: “este hombre es un genio”.

Si Ozzy es el padre del metal, los dioses de este género musical lo son Metallica.  Por lo menos, al cantante se le entendía lo que decía.  No que me agradara mucho.  Sin querer queriendo, acabé aprendiéndome algunas canciones.  Las tenía que escuchar una y otra vez cuando mi novio me conducía de nuestra escuela en Hatillo hasta nuestro pueblo, Lares.  El Camaro blanco del ’84 que conducía se convertía en un mini concierto.  Llegaba  a Lares azorada, despeinada y a punto de un ataque al corazón.  Ahora, le tenía prohibido a mi novio escuchar ese tipo de música cuando fueramos de camino a una cita.  Entonces, escuchábamos a Luis Fonsi y el muy fuerte, que le cantaba a lo oculto, se le ablandaba el corazón y cantaba las estúpidas baladitas.  Un día me dice: “tenemos que escuchar a Metallica con la orquesta sinfonica de San Francisco” y admito que la propuesta estuvo muy interesante.  Mezclar vinagre y aceite, mejor dicho, música clásica con metal era algo innovador y se escuchaba muy bien.  Lástima que para ese tiempo me fui para la universidad y atrás quedaron mi novio y todo lo relacionado con el metal, excepto por el programa de televisión The Osbournes.  Me doy cuenta que después de comer palomas y murciélagos, el ídolo de mi ex, terminó sentado en su casa sin que nadie le entiendiese lo que decía, sufriendo de Parkinson.  Mi ex se rehusaba a ver el programa y a mí me fascinaba.  Se acabó el heavy metal para mí.

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Seis años más tarde, mujer nueva en una ciudad nueva, me tropiezo con un hombre muy interesante, guapo, alto, inteligente y boricua.  Me invita a salir y yo con la boca hecha un charco digo que sí.  Subo a su auto y en su ipod escucho a Metallica.  Me pregunta si conocía esa canción y le digo es Master of Puppets de Metallica.  Poco sabía yo lo mucho que le gustaba, era su ringtone.  Abre sus hermosos ojos grandes y me pregunta si me gustaba la banda y le digo que no, que el novio que tenía en la escuela le gustaba mucho y a la mala me aprendí algunas canciones.  Este hombre se convierte en mi adorado novio (no porque me sabia la canción, pero pienso que ayudó).  Consigue nueva misión en la vida, llevarme a un concierto de Metallica.  Yo estaba muy escéptica a la idea.  Quería lograr lo que el primer amor de mi vida, no logró.  Para colmo, sonreía de oreja a oreja y me decía, no tan solo vas a ir sino que te va a gustar.  Dejé pasar la idea, pero cada vez que dormía en los brazos de mi nuevo amor, me despertaba con el corazón en la boca escuchando “MASTER! MASTER!”.  No era muy grato escuchar el grito de guerra a la primera hora de la mañana.

Un año y varios meses después, me llama mi adorado y me dice: “Te tengo una sorpresa.  Tienes que vestirte cómoda y alternativa”.  Me lleva a un teatro y leo Metallica.  Me llegó el día.  Mi novio, después de tanto negociar, compra las taquillas ilegalmente en la calle.  Entro al teatro y puedo apreciar los cientos de personajes en el público.  Hombres que tienen perforados lugares que no quiero saber, mujeres con botas de plataforma de 6 pulgadas y un niño de 8 años al lado de un hombre que decía muy orgulloso que ese era su hijo.  ˘¿Dónde estaría la madre?  Comienza la función y todo el mundo enloquece.  Curiosamente, los integrantes de la banda estaban muy bien recortaditos.  Mi novio se la pasó la noche entera enviandole mensajes de texto a un amigo diciéndole el orden de las canciones que tocaban.  Me dediqué a mirarlo todo desde la perspectiva mas objetiva posible.  Todo el mundo levantaban los puños al unísono, era fascinante la muy buena coordinación.  Cantaban  a coro y yo sin entender ni papa.  Tiraban vasos, hielo, tragos y hasta gente.  El concierto termina en menos de dos horas y cuado salgo del lugar noto que me había quedado sorda por mi oído derecho.  Admito que me divertí, no tan solo por el espectáculo en la tarima, pero por el otro espectáculo alrededor mío.  Pensé que todo terminaria ahí.  Pues me equivoqué.

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A veces me sorprende mi ingenuidad.  En ese tiempo, me mudo para Puerto Rico.  Llevo pocos meses acá y de repente, comienza un rumor por internet que Metallica venía para Puerto Rico.  Mi novio me dice, tenemos que ir.  Le digo que ya yo había cumplido, no más Metal para mí.  “Mi amor, tu no entiendes.  Metallica nunca ha tocado en Puerto Rico.  Vinieron hace 17 años y se tuvieron que ir porque era en el Hiram Bithorn y llovió.  Se formó un motín. La gente empezó a tirar sillas, a romper el escenario y hasta arrancaron inodoros del piso y los tiraron a las gradas.  Yo estaba allí.”  ¿Se supone que le coja pena con ese relato? Porque no está funcionando.  Le contesto que ya yo había visto a Metallica.  Me dice que la experiencia en un coliseo, no es la misma que en un teatro.  Me doy por vencida.  Total, con un buen cuba libre en las manos puedo chuparme hasta un concierto de Ricky Martin.  Como mi novio no puede comprar las taquillas legalmente como todo ser humano, llamamos a una gran amiga que trabaja en la compañía que administra el choliseo para que nos separara nuestros asientos el dia antes de que salieran a la venta.  Admito que este trato VIP me estaba gustando.  Después de mucho drama de venta de taquillas, de querer ser el opening act, de escoger la gente que queríamos tener al lado de nosotros, llega el gran día.  Llegamos tarde para no ver a los teloneros.    Me siento sola porque mi novio tenía demasiado culillo como para sentarse antes de que empezara el concierto.  Eso sí, ya me habían comprado mi cuba libre.  El escenario era en el centro del coliseo y en la parte de arriba, en el techo, habían, no 4 calaveras porque eso es demasiado genérico para la mejor banda de metal en el mundo, pero 4 ataúdes.  Tengo que decir que se veían de lo mas cool.  Con las luces encendidas, suben 4 luminotécnicos por unas escaleras de soga hasta llegar al tope de las ataudes, se sientan en una area sumamente incómoda y permancen allí el resto de la noche.  La gente comienza a gritar y cuando miro a mi alrededor, todo Puerto Rico se vistió de negro para el velorio.  Decenas de guardias se paran alrededor de la tarima, velandola mas cuidadosamente que la puerta principal del Capitolio.  La fanaticada olía que el concierto iba a comenzar y todos llegaron a sus asientos.  He ido a mas de una decena de conciertos en el choliseo y jamás lo había visto tan lleno y rabioso como aquel día.  Se apagan las luces y unos gritos ensordecedores se escuchan por cada esquina.  El concierto comienza con una música clásica sentimental.  La gente gritó por más de 3 minutos, hasta que de repente se ilumina el escenario por unas luces en forma de rayos laser.  Se veía espectacular y si yo creía que los gritos eran ensordecedores antes, los de ahora eran gritos de histeria, como cuando fui a ver a Menudo por primera vez, pero en un tono más bajo.  Suben al escenario escoltados y BOOM vemos a los ídolos de todo adolescente rebelde que estudió en San Ignacio.  En ese momento, les aseguro que alguno de esos macharranes tatuados hasta las narices se le tuvo que haber salido una lágrima.  El cantante saluda “How are you? Puerto Rico” y el público reacciona conviertiendo a James Hetfield en un John Lennon del metal.  Mi novio me decía: “tienen que hacer referencia al concierto de hace 17 años.” Le digo que dudo mucho que se acuerde y en eso, James Hetfield, haciéndome quedar mal, dice: “No rain this time” y Alfredo pierde la cabeza: “Te lo dije! Ese momento es inolvidable para todos los que estuvimos allí.” Cualquier cosa que dijese Jamesito, mi novio le contestaba, hasta que me dice: “Yo me estoy comiendo el cuento bien cabrón”.  Y yo le respondo que sí. Me dice: “No importa. En uno de los tours de ellos, yo los seguí por 4 ciudades.  Yo me voy a comer el cuento feliz”.  Pues que bien.  El concierto estuvo muy entretenido.  Me cantaron todas las canciones que queria escuchar y la pase muy bien.  Hasta que llega el final, encienden las luces para la última canción y en ese momento, toda estrella del pop habría tirado confetti, pero eso es muy pussy para los metaleros.  Asi que me quedo esperando que harán para el final.  Para mi sorpresa, del techo salen bolas de playa negras.  ¿Alguien me puede explicar? La gente se las peleaban como si estuvieran en el festival del Kamea-mea.  Despues tiran las uñas de tocar la guitarra y la gente se tiraba a buscarlas como si les estuvieran tirando maíz a las gallinas en una cloaca.  Los fanáticos actuan igual, no importa quienes sean sus ídolos.

Y me doy cuenta, el metal no es la reencarnación de los piratas, no es la música del demonio, sus seguidores no necesitan exorcismos.  Es un género musical de gente que pretende que no le importa nada.  Es música para salirse de la norma y de lo corriente.  Es tiempo para recordar que esta vida no hay que tomarla tan en serio, que aunque sea una hostia puta y la gente te quiera fastidiar cada paso que das, todo se acaba en las cruces de la carátula del disco Master of Puppets de Metallica.  Mi consejo: ríe, bebe, y escucha la música que te salga de los cojones.

Te lo dedico a tí, mi adorado Alfredo, por ser mi amor, mi música y mi demonio.