Coronas de mierda

Mi país siente una fascinación extraña con las mujeres flacas en bikini que se ven espectaculares en traje de gala y no saben contestar una pregunta en oraciones completas. Los certámenes de belleza son el deporte nacional por excelencia. Por años, nos hemos sentado frente al televisor a glorificar a estas mujeres hermosas y brutas mientras nos olvidamos de los verdaderos logros de nuestra sociedad. Hay algo de ver una mujer bella con el nombre de tu país sobre un par de tetas de embuste que nos enciende el orgullo patrio. La realidad es que me revienta cuando dicen que las reinas de belleza son modelos a seguir cuando, de las cinco Miss Universo que ha tenido Puerto Rico, solamente una terminó estudios universitarios. Más méritos tienen los seis estudiantes de escuela pública que lograron posicionarse en las 10 puntuaciones más altas del College Board, pero como esos estudiantes no salen en la portada de Teve Guía, no nos importa. Así es mi país, farandulero hasta el tuétano.

Cada vez que hay un Miss Puerto Rico, se cambia el canal de la novela al certamen y prendemos la computadora para despotricar a niñas de 18 años que sacuden sus melenas de extensiones con rizos de tenazas, que llevan meses comiendo solamente atún de lata y huevo hervido y sonríen con sus dientes Colgate perfeccionados con la más altas tecnología de la odontología. Nos convertimos en un circo y las candidatas son nuestros payasos. Comienza a llenarse el News Feed de Facebook con gente opinando que si Miss Barranquitas tiene estrías, que si la nariz de Miss Río Grande se la deben operar y que Miss Bayamón es la que debe ganar y, si no, esto está vendido. Si somos reflejo de lo que decimos cuando hay un concurso de belleza somos un lechón navideño revolcándonos en nuestro fango.

La parte de la comedia que más me gusta es la dichosa pregunta por el  morbo de ver con mis propios ojos el famoso estereotipo de que si eres linda, tienes la cabeza hueca. Pretendemos que esta niña que ya le duele el pelo de tanto postizo que lleva agarrado al cráneo, que le aprietan los zapatos de seis pulgadas que lleva puestos hace horas y que tiene un hambre descomunal, nos arregle los problemas del país.  Recuerdo como Raymond Arrieta le pidió a una finalista que metiera la mano en una pecera tecata y sacara un número, así mismo, como si estuviéramos viendo el sorteo de Pega 3, seguido de: “Le corresponde responder la pregunta de la Primera Dama”. ¿Me quieren decir que la Primera Dama de Puerto Rico no tenía nada mejor que hacer que estar en el Centro de Bellas de Santurce por horas viendo culos embarrados de Dermablend? La famosa pregunta fue: “¿Qué le dirías a un joven acabado de graduarse de la universidad que se quiere ir de Puerto Rico a buscar trabajo para que se quede?”.  Y la pobre niña empezó a tartamudear, en vez de responderle: “Pregúntale a tu marido, a él le pagan para eso”.

No me sorprende que la Primera Dama estuviera allí y tampoco me sorprende que la transmisión del certamen sea el espectáculo más visto.  Cómo escogemos a Miss Puerto Rico es cómo escogemos a nuestro gobernador. Primero miramos a los candidatos de arriba abajo y analizamos su apariencia, que si la juventud de Hernández Colón lo hacía ver como a un JFK boricua, que si Roselló tenía ojos azules y corría jet ski, y García Padilla era guapo y su mujer era elegantísima. En los debates se les pregunta sobre economía, bienestar social, justicia, educación, entre otros, y los candidatos a la gobernación contestan lo que les sale del culo, tirándole piedras al contricante como si éste fuera María Magdalena. Es más importante hacer ver mal el que está al lado tuyo que hacerte ver bien a ti mismo. Nos conformamos con cualquier idiota que quiera ser gobernador y votamos para que el otro no gane. Después nos preguntamos por qué el país está jodí’o cuando la respuesta es simple: el problema de Puerto Rico somos los puertorriqueños.

Entonces comienzan a hablar los analistas políticos, y en el caso de los certámenes de belleza son los missiólogos. ¿Qué carajo es un missiólogo? Pues un experto en certámenes de belleza. Claro está, esa especialidad es fundamental para el desarrollo del futuro de un país. Nos explican que fulana está mal peinada y eso le va a costar puntos, que las plumas del traje de zutana no están a la altura, que debió llevar un vestido de Carlos Alberto, y que los ojos de mengana son los que busca Donald Trump. Para colmo, las ponen a bajar escaleras en traje largo para que se escocoten y, con ellas, nuestra dignidad de país civilizado ruede por El Morro como Susan.

El vocabulario típico de una reina de belleza es el mismo que el de un político. Consiste de cinco palabras: perseverancia, juventud, metas, tergiversar y gracias. Como un papagayo, todas encuentran meter esas palabras en sus contestaciones aunque no tenga sentido. Lo más que me rejode es cuando les preguntan porqué quieren ser Miss Puerto Rico y todas contestan, tratando de aplicar lo que les enseñaron en las clases de dicción, negando nuestro típico acento: “Para representar dignamente a la mujer puertorriqueña. Gracias”. Yo soy mujer y soy puertorriqueña y a mí me representan Sylvia Rexach, Julia de Burgos y Lolita Lebrón, no una pendeja como tú. Gracias.

¿Por qué sé esto? A mis tiernos 16 años me dió con participar en un certamen de belleza. La verdad es que no sé cómo mi madre me dejó, pero ya la perdoné. Estar rodeada de tanto estrógeno me causaba ansiedad y recuerdo el día de las entrevistas cuando le preguntaron a otra concursante que cuál era su libro favorito, ésta contestó que el diccionario.  Al escucharla me dieron ganas de encontrar la edición más reciente del Diccionario de la Real Academia Española y tirárselo en la cabeza, pero probablemente con la cabeza vacía que tenía, me hubiera rebotado y eso hubiera sido peor. Allí estuve semanas aprendiéndome una coreografía al ritmo de una canción que sonaba como si la estuviera cantando Xuxa.

Cuando era chiquita vivía en un monte, sin cable y sin internet y los certámenes eran el glamour más grande que podía ver por la televisión.  Mami nunca se los perdía y veo como si fuera ahora a Anna Santisteban bajando por las escalinatas de la escenografía echa con paneles huracanados pintados de blanco mientras un playback cantaba: “Me siento muy feliz, me embarga la emoción. Puerto Rico tendrá el placer de tener un reinaaaaaa feliiiiiiiz”. Siempre pensé que fue obra del mismo compositor que hizo el tema introductorio del show de Iris Chacón. Esa fue mi primera mirada a los concursos de belleza. Estar dentro de uno fueron otros 20 pesos.

Vi niñas de 15 años maquillándose las piernas con panstick Max Factor, memorizándose respuestas sin saber las preguntas y usando más relleno que el que mi hermana ha utilizado en toda su vida. Me puse los zapatitos taupé, caminé con sandunguería en mi traje de baño lleno de escarcha y me puse un corset baby blue diseñado por Luis Antonio con el que casi no podía respirar, pero me hacía ver como Scarlet O’Hara con 18 pulgadas de cintura, y eso era lo que importaba. Cuando llegó la ronda de las semifinalistas, Carlos Ochoteco me pregunta: “Quieres visitar Egipto porque fue una de las primeras civilizaciones en ser gobernadas por la mujer, ¿te consideras feminista?” Say what?! La rebeldía y picardía que me acompañaba en mi adolescencia contestó: “Por supuesto que sí.  El feminismo es alcanzar la igualdad con los hombres y admiro a todas las mujeres que han luchado por eso.” Doy pelo y me voy. A la que viene detrás de mí le preguntan: “Dices que tus clases favoritas en la escuela son español e inglés, pero dinos de verdad, ¿cuál prefieres?” Say what?! Me dieron ganas de regresar al escenario y decirle a Carlos Ochoteco: “Helloooo!!! Desigualdad de nivel de dificultad”. Paso a la ronda final, llego segunda finalista, me dan un ramo de flores, se acaba el certamen, me quito las tacas y me como un hamburger. El mundo volvió a ser normal, excepto por la deuda y la experincia adquirida. Entre inscripicón, taquillas, vestuario, gasolina y otros gastos, la cuenta subió a casi $15,000 del bolsillo de mi madre. Desde ese momento, cada vez que una candidata iba a su farmacia a pedirle donativos para participar en un certamen, mi madre le contestaba: “A este comercio entran a diario decenas de personas haciendo recolectas, desde niños pidiendo para los uniformes del equipo de baloncesto, hasta personas enfermas que necesitan costearse un transplante de médula ósea. ¿Tú prefieres que te dé el dinero a ti y no a ellos? Un certamen de belleza no es una prioridad, es un capricho. Mi hija, esa que esta ahí”, señalándome a mi, que iba a trabajar de cajera con la cara lavada, en chanclas, espejuelos, pelo recogido en una cebolla y con un sueño eterno, “participó en un certamen y yo le pagué todo. Si no tienes dinero para participar, no participes. En la vida hay prioridades y ser Miss Piña Colada no debe ser una de ellas”. ¡Coño! A la verdad que amo a mi madre. Después de la fanfarria, salir en televisión y la revista Vea, mi vida siguió su rumbo. Me fui a la universidad y todo quedó en un VHS que guardó mami.

Entonces me pregunto, ¿por qué lo hacemos? La única respuesta es por fama. Unos deseos de ser famoso que se van incrementando por la falta de reconocimiento. Los políticos lo saben. Quieren llegar a gobernador por poder, por dinero y porque se les reconozca todo lo que se le ha escupido hasta entonces. Se montan en una caravana, agitan sus manos de lado a lado, besan a las viejitas hasta que se les pega la peste a polvo Maja, para tratar de convencer a un pueblo a que vote por ellos, a sabiendas que después de cuatro años esas mismas personas lo van a odiar por el resto de sus vidas. Las misses son iguales, con la única diferencia que las que apestan a polvo Maja son ellas. Entran a un certamen para que se les reconozca, para creerse que son las mujeres más bellas de Puerto Rico, darle un autógrafo a una persona que cuando no gane Miss Universo la va a odiar y cuando coronen a la nueva reina, se olvidarán de ella porque fue la del año pasado. Lo que me encabrona de estas mujeres es la hipocresía de negarlo. Si quieres ser actriz, coge clases de actuación. Si quieres ser cantante, graba un demo. Si quieres salir en la televisión, busca un agente.  Pero no me digas que quieres ayudar a los niños enfermos de cáncer y en vez de subir a tu auto y llegar al Hospital de Niños San Jorge, te subes al auto para ir al gimnasio. La diferencia es la siguiente, cuando Benicio del Toro se ganó un Oscar, la entonces gobernadora de Puerto Rico, Sila María Calderón, le ofreció un gran recibimiento y éste le contestó que se ahorrara el dinero y lo invirtiera en la educación del país. Esta acción jamás la haría una reina de belleza. Y este no es solo el problema de ellas.  Este es el problema de nuestra sociedad.

Hay un refrán que dice que es mas fácil ver la paja en el ojo ajeno que ver la viga en nuestro propio ojo. Criticamos a una niña porque se puso un traje amarillo pollito y no supo contestar una pregunta, pero no nos preguntamos qué nosotros le diríamos a ese joven universitario acabado de graduar para que no se vaya del país. Le decimos a una candidata que ha participado varias veces que es “reciclada”, cuando en este país no se recicla ni una lata de cerveza Medalla. Criticamos a Javier Culson por que no ganó oro en las Olimpiadas e inventamos la palabra “culsonazo” cuando nuestra candidata llega a finalista en el Miss Universe y no gana, pero a su vez odiamos a Gigi Fernández porque ganó oro representando a Estados Unidos. Jaime Espinal nació en República Dominicana, representó a Puerto Rico, nos dió la primera medalla olímpica de plata en su deporte y dudo mucho que los dominicanos lo odien por eso. Enrique Laguerre se convierte en el primer escritor puertorriqueño en ser nominado a un Premio Nóbel de Literatura y nadie se enteró, no le hicieron una caravana del aeropuerto a La Fortaleza y no nos dieron un día libre. Odiamos a Venezuela porque tiene dos Miss Universo más que nosotros, en vez de quererlos por haberle otorgado a nuestro Eduardo Lalo el premio literario más importante de Latinoamérica. Rechazamos quiénes somos cuando se le cambia el cognomento a Lares de “Altar de la Patria” a “Ciudad de mujeres hermosas” porque es más importante ver aceras de nenas lindas que enaltecer el momento mas significativo de lucha política en nuestra historia. La triste realidad es que mientras nos siga importando más que Zuleyka haga de mala en una telenovela, que Denise saliera con Calle 13 y que Dayanara le pida a Marc que le subiera la pensión, seguiremos coronándonos de pura mierda.

La dama ciega del toto grande

 

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Las mujeres nos odiamos entre sí.  Si una mujer es más flaca decimos que es anoréxica, si es inteligente, decimos que se acostó con el jefe para que la subieran de puesto y si el hombre que esta al lado tuyo se la ligó mientras le caminaban por el lado, decimos que se viste como ramera de la 15 porque quiere llamar la atención cuando realmente el bellaco malo es él.  Nunca había entendido esta tendencia de sentirnos competencia hasta algunos años atrás.

Me considero una mujer guapa.  No soy la última Coca- Cola del desierto, pero tampoco ando traposa y mal arreglada por ahí.  Soy flaca porque a veces me dan ganas de comerme un hamburger con papas fritas, pero como me niego a comprarme un tamaño más grande de ropa, prefiero caber en mis mahones que satisfacer mi glutonía.  Ahora, si me dan ganas de comerme un chocolate y me hace feliz, me lo como.  Me hago faciales regularmente.  Me gusta vestirme sensualmente porque me satisface.  Sé que no lo voy a poder hacer después de cierta edad, pero muchas dicen que las mujeres nos vestimos para otras mujeres.  En mi caso, me vale cuatro mierdas.  Si veo a una mujer alta con unos zapatos envidiables, se lo digo y después le confienso que toda mi vida quise ser alta kilómetrica, pero me hicieron chiquita con la boca grande.

Si hay una cualidad que detesto de un hombre son los celos.  Cada vez que una mujer me dice: “Si te cela es porque te ama” o “Déjame hablar con este chico para que mi novio sienta celos, eso es saludable para la relación”, me dan ganas de tirarla por el balcón del piso 16 en el que vivo y que se le fracture el cráneo.  Eso se llama inseguridad en ti misma.  Yo sé lo que valgo porque aprendí a mirarme en el espejo por dentro y por fuera.  Si a mi macho le da un ataque de cuernos por alguna estupidez, en vez de sentirme amada, me siento avergonzada de él.  Eso siempre estuvo claro desde el primer día en mi relación.  Recuerdo haberle dicho: “Yo no puedo estar con un hombre celoso, si lo eres, búscate a una infeliz acomplejada porque esa no soy yo”.  Mi novio entendió a la primera y a través de los años lo he observado y he tratado de emular una actitud suya que considero muy caballerosa.

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Cuando vamos a una barra, mi novio siempre se ríe diciéndome que no me puede dejar sola porque se me pegan los hombres.  Trata de decirlo con un tono molesto, pero su risita al final de la oración me hace pensar que se siente halagado.  La primera vez que nos pasó, le pedí un trago al bartender y el chico que estaba al lado mío me dice: “Pide lo que quieras, yo te invito”.  Lo miro y le contesto: “Un Jack en las rocas”.  Él me dice: “¡Wow, tú estas dura!”.  Le sonrío, agarro el trago y me voy.  Cuando llego a la mesa, mi novio me pregunta qué era lo que me había dicho el tipo ese y le dije: “Me invitó un trago y pedí el tuyo”.  Nos morimos de la risa y de lejos mi novio le da las gracias a Papo, o como se llamara.  Desde ese momento, a tono de broma, aunque a veces pienso que es en serio, me dice que me vaya a la barra a ver si su trago le sale gratis.  En otra ocasión, acordamos encontrarnos en un restaurante y como llegué antes que él, decidí esperarlo en la barra.  Un chico muy simpático comienza a hablarme y teníamos una conversación muy amena cuando entra mi macho por la puerta.  Se me sienta al lado y se lo presento al ‘chico simpático’.  Mi novio se une a la conversación hasta que me excluyen.  Se quedan hablando como por 25 minutos y hasta se intercambian números para un jammeo de guitarras.  El hombre que le estaba tirando a su novia se convierte en su pana.  Ahí entiendo que los hombres conocen la diferencia entre la camaredería y la cacería, nosotras no.

Creo que la explicación antropológica de esta actitud viene a que los hombres desde pequeños están expuestos al rechazo del sexo opuesto.  Cuando era adolescente e iba a los parties de marquesina, los niños se paraban a un lado de la pista, las nenas en el otro y como idiotas esperábamos que el nene que nos gustara nos sacara a bailar.  Entonces, si el que no me gustaba me invitaba a bailar le decía que no y daba pelo, pero si el que me gustaba invitaba a bailar a otra, me sentía devastada y pensaba qué tiene esa idiota que no tenía yo.  Al criticar a la otra fémina, me sentía mejor conmigo misma y al rechazar al nene que no me gustaba, me sentía deseada y superior a las demás.  Desde niñas nos enseñan que una mujer no va a donde un hombre a decirle: “Me gustas. ¿Quieres bailar conmigo?”.  No, las señoritas no hacen eso.  Eso es una vulgaridad.  Tienes que darte a respetar y esperar a que el hombre te invite a ti.  Entonces, ¿cómo carajo atraemos a el nene que nos gusta? Procurando que nos vea mejor que la que tenemos al lado.  A esa edad incluía maquillarme y ponerme tacas, faldas cortas de nena grande y ser de las primeras en mi clase en haberme afeitado las piernas.  A nosotras nos enseñan a atraer y al hombre lo enseñan a lidiar con el rechazo.  A largo plazo, la segunda te hace una persona mas completa en cualquier aspecto de tu vida y la primera te hace odiar a las personas que consideras tu competencia.  El problema se acrecenta en la adultez y más si esas mujeres tienen alguna posición de poder.

chistesparaelrecreo.blogspot.com

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Hace unos meses venía conduciendo por Santurce y paso una luz amarilla.  Dos luces más abajo escucho la sirena de un policía en motora.  Me obliga a detenerme y cuando veo por el retrovisor al oficial me doy cuenta que es mujer.  En ese momento pensé: “Es mujer, este ticket me lo van a dar sin remedio”.  Con un guille de GI Jane, la agente 007 me pregunta si sabe porque me detuvo.  Le dije que no y me dice que me comí la luz roja.  Le digo que la luz no estaba roja y me escupe: “¿Quieres que traiga a mi compañera para que ella te lo diga?”.  Su compañera estaba al otro lado de mi carro.  Respiro profundo y me digo a mí misma que me callara, que no me hiciera la guapetona ni la inteligente y que cogiera el ticket con las muelas de atrás.  Así hice.  Cuando la oficial se retira, veo la cantidad que tengo que pagar y por poco infarto.  Inhalo coraje, exhalo paz.  Y mientras exhalo paz, pensé: “Yo voy a revisar este boleto al tribunal”.

Hasta el sol de hoy, he tenido buena experiencia con la policía.  Desde que conduzco solo me han dado dos boletos.  Me considero un conductor responsable, no me gusta hablar por celular en la carretera y salgo con puntualidad para no tener que ir a exceso de velocidad.  El problema con las luces amarillas es que si me detengo en una, probablemente el que está guiando detrás de mí me choque.  ¡Vamos! Las carreteras de este país son como estar en el mismo medio de una batalla entre vaqueros e indios.  En general, no me meto con ellos, no se meten conmigo y algunos se han portado muy bien.  Hace como un año me estacioné en una área oscura del Condado y veo que se me acerca un oficial.  Me asusté cuando este hombre en uniforme se me acerca a altas horas de la noche y yo sola.  Me dice: “En esta área están robando autos, por eso yo estoy aquí.  ¿Te puedo inspeccionar el tuyo?”  Le digo que sí.  Y me dice: “Mete el cargador del celular en la gaveta y el menudo también.  Por eso te romperían el cristal.” Cuando llega a la parte de atrás del carro, me dice: “Mete esos CDs debajo del asiento”.  Yo ni sabía que tenía eso ahí.  Le digo como una mujer superficial y airhead: “Esos CDs son de música.  ¿Quién los va a querer? Todos tenemos iPod”.  El tipo se sonríe y me contesta que no tengo idea de las cosas que la gente se roba.  En eso llega mi novio y le hace el mismo tipo de pregunta.  Le di las gracias y me fui.  Cuando regresamos, él estaba sentado cerca de mi carro y me dijo: “No le pasó nada”.  Como este cuento tengo varios: el día en que un oficial me encontró hablando por el celular a las mil y quinientas de la noche por la acera y me escoltó a mi carro, el día en que sacaron el carro de mi novio que se quedó estancado en la arena y el día en que encontraron la wallet de mi novio en el supermercado, sacaron su tarjeta de descuentos Walgreen’s y fueron hasta allá para conseguir el teléfono de él, llamarlo y decirle que su dinero, tarjetas e identificaciones estaban seguras… pero cuando de mujeres se trata, la experiencia ha sido todo lo contrario.

Voy al tribunal y me dan fecha para mi caso.  Hablo con mi abogado, mi papá, y me dice lo que tengo que hacer.  En esos días, paso por el bufete del abogado de mi blog y me dice: “Si el policía no se aparece, te quitan el ticket.”  Miro a su esposa, amiga de toda la vida que también es abogada.  La Lcda. Moreda es una mujer espectacular, con un cuerpazo envidiable, una estructura ósea facial de supermodelo y un sentido del humor perverso como el mío.  Le pido que me acompañe y ni corta ni perezosa me dice que no, que eso es una pérdida de tiempo y que el 85% de las veces el guardia no se aparece.  Eso sí, me orienta de mujer a mujer y me dice: “Preséntante bien vestida.  Tienes que verte profesional sin ser sexy”.  En ese momento, me doy cuenta que por algo al tribunal le dicen ‘el juzgado’.  Me iban a mirar de arriba a abajo y se iban a hacer una idea concisa de mi persona sin yo tan siquiera haber abierto la boca.  No es quién soy ni lo que hice, es quién pretendo ser y a quién puedo convencer.  Entendí a Jodi Arias y porqué se vestía como novicia de convento.  Le digo a mi hermana, astróloga de profesión, que me diga qué tengo que hacer para que el guardia no se presente.  Me bañé con todo lo que me dijo, quemé un palo de brasil y prendí una vela.  Me fui a dormir tranquila.

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Llego al tribunal siguiendo las instrucciones de todos los que me aconsejaron.  Habíamos una decena de personas y como 8 guardias.  Cuando abren la sala, los civiles se sientan al lado derecho y los guardias al izquierdo.  A mí me da con sentarme con los policías y me pongo a hablar con uno de ellos.  El oficial era simpatiquísimo, me dice que trabaja en el área del Viejo San Juan y fue al tribunal porque entendía que el boleto estaba hecho correctamente y quería saber lo que tenía que decir la otra parte.  Me dice: “Si el oficial que te hizo el ticket no llega, te lo quitan”.  En eso nos indican que nos pongamos de pie para recibir al Honorable Juez y cuando hace entrada a la sala veo a una mujer mayor, muy elegante, con pelo a la moda y unos aires de fabulosidad como Cordelia González.  Siento una punzada en el estómago, el hecho de que fuera mujer me dió un mal presentimiento.  Me llaman para que me acerque al estrado.  La oficial que me dió el ticket no estaba.  La juez me pide que le dé mi versión de los hechos.  Le digo que cuando estaba pasando por debajo de la luz se puso amarilla.  Me pregunta que a qué velocidad venía que no me pude detener.  Le dije que eso no venía al caso porque si frenaba en el mismo momento que la luz se puso amarilla hubiera quedado en el mismo medio de la avenida.  “El punto aquí es que la luz se puso amarilla mientras pasaba por debajo de ella, su Señoría”.  La Honorable Juez me hablaba sin mirarme a la cara.  Nunca hizo contacto visual conmigo y me quedé pensando: ¿Esta mujer es la juez o el fiscal?  Me pide que me retire sin decir a lugar o no lugar y la secretaria del tribunal me dice que la respuesta la iba a recibir por correo.  Me voy embrutecida con la experiencia.  Llego a casa y me voy a beber el café de la tarde con mi vecina.  Ésta, al verme, me pregunta: “¿Fuiste al tribunal maquillada como estás ahora y sin espejuelos?” Le digo que sí y me contesta: “Te ves demasiado linda”.  Le digo: “Carajo, tengo pantalones largos de vestir, una chaqueta, una blusa de botones, hasta hebillas en el pelo para sacarme la pollina de la cara y ¿qué coño tiene que ver que me veo bonita si me dieron un ticket injustamente?”  Me bebo el café que en aquel momento lo que quería era echarle Bailey’s en vez de leche.  Me tranquilizo un poco y al par de días todo se me olvida.

Hasta que busco el correo y tengo la carta del tribunal.  Cuando la abro dice: “No ha lugar”.  Me encabrono con todos los que me dijeron que si el guardia no iba me lo iban a quitar.  Me encabrono por todo el tiempo que perdí.  Me encabroné por ser mujer y haber sido tan ingenua de creer que la justicia es ciega, porque la verdad es que ,cuando de mujeres se trata, la justicia es una dama con vista 20/20 y una tota demasiado grande.

Entre dientes, tetas y Percocet

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Cuando mi madre abrió la boca a vomitar después de despertarse de la anestesia el día que se hizo su primera y única cirugía plástica, me di cuenta que uno tiene que estar bien infeliz con uno mismo para embellecernos los pellejos caídos, añadirnos un canto que no nos dieron o quitarnos lo que tenemos de más.  Conozco a muchas personas que se han sometido a operaciones estéticas, pero nadie nos había advertido que mi madre iba a tener un dolor descomunal, que yo no la iba a reconocer de la hinchazón y que el camino a la recuperación era largo y tedioso.

Voy a su primera cita y lo primero que le dice el médico es que quiere ver una foto de ella 10 años más joven. Mami estaba toda emocionada y, como no puede negar que por las venas nos corre la misma sangre, le llevó una foto de 15 años antes. Yo me preocupaba por verle la cara al médico. Si parecía momificado, no iba a dejar que mi madre se operara con él. El doctor era bajo de estatura, delgado, hasta un poco insignificante. Parecía como la figura del novio que ponen encima de los bizcochos de boda. Mami había llevado una foto en la que sale conmigo y mi hermana cuando yo tenia como 11 años y escucho al médico decirle:  “A esta hija suya no le va a pasar porque no tiene su misma estructura facial, pero esta otra” refiriéndose a mí,  “va a tener que operarse ya mismo”. ¡Tremendo! Gracias, doctor, por tratar de meterme entre ceja y ceja un complejo provocado por sus ganas de hacer más dinero.  Le dije: “Esa soy yo. ¿Que más me va a decir?” El médico se sonrió y siguió convenciendo a mi madre de cuánto pellejo debería estirarse.

No es la primera vez que hago de enfermera para alguien operado estéticamente. La primera paciente que tuve fue mi hermana. Laura nunca tuvo tetas. Recuerdo que le bajó la primera menstruación a los 10 años y parecía como de 16, cosa que freakeaba a mi madre constantemente. Se le pararon los pezones y mami salió a comprarle sus primeros brassieres 30 AA en Kress Kids. Laura llegó a su adolescencia y todavía era el mismo tamaño. Hasta que el complejo no pudo más y mi madre, en vez de comparle más sostenes, le empezó a comprar relleno. Empezaron por unos que parecían shoulder pads, y se volvió en obsesión. Mi mamá llegaba a pagar hasta $60 por un par de tetas de foam color piel que las usaban de prótesis las mujeres que habían sido operadas a consecuencia del cáncer de seno. Laura se gradúa de cuarto año, se va a Estados Unidos a estudiar arquitectura con las maletas llenas de pares de tetas y proclamándole al mundo: “El primer sueldo que tenga como arquitecta lo voy a invertir en hacérmelas”. Mami y yo le aplaudimos y adiós a Laura.

Hasta que llegó su tercer año, y Laura nos visita en verano. Recuerdo que estábamos en la cocina y papi la abraza.  De repente, papi dice: “Uy! ¿Qué es eso que se movió allá adentro?”. Laura toma el valor que nunca había tenido antes, se saca la teta de embuste, la agarra con la mano y mientras la agita le dice: “¡Mis tetas! Yo nunca tuve tetas” y le enseña la pechuguita de niña de 10 años al hombre que la engendró. A papi se le cae la quijada y yo, pensando que la iba a regañar por haber tenido el valor de enseñarle sus partes íntimas, escupe: “¡No puede ser! Lo primero que yo le miro a una mujer cuando les paso por el lado en la calle son las tetas”.  O sea, tras que tuve que verle el triste pezoncito a mi única hermana, me tuve que enterar, en la cocina de mi casa, que mi padre es uno de esos viejos verdes que no miran a las mujeres a los ojos. Mi madre dice: “¡Ay, Quique! ¿Tú no sabías que tu hija no tenía tetas?” y él niega ofendido con la pregunta. Laura, a punto de llorar le dice: “Yo tengo dos espaldas, una con pezones y otras sin ellos.” Papi la abraza y para consolarla le dice: “No te preocupes, Laurita, yo te pago las tetas.” En ese momento me dieron ganas de empelotarme frente a mi padre a ver si me cogía pena por algo.

Así fue como mi hermana, de regalo de graduación de universidad, le regalaron una cirugía plástica para que se metiera dos bolsas de silicona con solución salina.

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Mi madre no iba a dejar que a su primogénita la tocara cualquier médico de pacotilla, así que hizo una investigación extensa hasta llegar al cirujano con la reputación del mejor tetólogo. Allá llegaron. El doctor, como papi, no la miró a la cara, fue directamente al par de tetas que tenía al frente. Después de medirla desde el cuello hasta el pezón, le dijo: “Tú tienes una condición que se llama hipomastia”.  Mami quedó petrificada sin entender lo que el médico había dicho, pero como toda madre hipocondriaca pensó que tenía que llevar a su hija a los mejores hospitales de Boston para que le trataran esa condición que todavía no sabía lo que era.  Laura le pregunta qué era eso y el médico contesta: “Es una condición que hace que no crezca el tejido mamario”.  Mi hermana le grita a la multitud que no la proclama: “¡Yo sabía que esto no era normal!”.  Llegó la hora de escoger el tamaño de las pechugas. El tetólogo le aconseja: “En mi experiencia, todas las mujeres se arrepienten de no habérselas hecho más grandes.  Tu piel aguanta unfull B.” Y mi hermana accede sin saber a la tortura que se estaba sometiendo.

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A Laura le meten los dos bloques de cemento que le llegaban a la garganta.  En el recovery se entretiene hablando con una persona que conocía. Claro, en este mundo de superficialidad todos se conocen.  Cuando le dan de alta y mami la sube a la guagua empiezan los problemas. Si mami cogía un boquete de las modernas calles de este país, Laura gritaba como negro africano recibiendo latigazos en los tiempos de la esclavitud. Llegaron a casa y Laura no podía mover los brazos, ya que tenía los sobacos tajeados por el bisturí. Había que darle la comida en la boca, bañarla y pasarle la manito para consolarla. A la cabrona le da con caer en menstruación y es a mí quién le toca atenderla. Mi hermana y yo compartíamos un cuarto porque a la idiota de mi madre le daba con que íbamos a crecer queriéndonos más. A mí me toca el tostón de pasar las amanecidas con ella. Mami le daba Panadol para el dolor y por las noches le empezaron a dar Percocet. Yo sabía que Laura era rara, pero no fue hasta que le metieron la pepa esa que me di cuenta que mi hermana es un esperpento de la naturaleza. Se supone que la dosis la ponga en un viaje de éxtasis por horas, pues a Laura le dio el efecto contrario. Se desesperaba llorando y me levantaba a las 4am a decirme que se sentía sola. Pensé que podíamos meterle anestesia de caballo, pero mami me miró como para matarme. Me levantaba, le pasaba, irónicamente, manteca de ubre de vaca en las ubres de ella y me quedaba pensando porqué yo tenía que pasar por esto.

La verdad es que no tengo nada en contra con la gente que se somete a cirugías plásticas. Estírate el culo si te da la gana. Lo que sí me molesta es que pensamos que la belleza es sinónimo de juventud por culpa del mercadeo. Se le da tanta importancia a cómo nos vemos, que ya no nos importa cómo pensamos. Es más importante ser parte de un molde genérico que “encontrar la belleza en las imperfecciones”, como dijo Diego Rivera. Lo que sí me molesta es que te hagas la nariz y pretendas que no te la hiciste. ¿Te crees que yo soy tan estúpida como para no darme cuenta que de repente eres bembona, no fruñes el ceño y tienes tetas de menos? Tampoco es que hagas una cartulina a anuciarlo a los cuatro vientos, pero coño, no trates de cogerme de pendeja.

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Lo más cercano que he pasado a una cirugía plástica ha sido sacarme los cordales y fue la peor experiencia de mi vida. Me voy a hacer mi limpieza dental antes de irme de la Isla para la universidad mi primer año. Mi dentista me dice que tienen que sacarme un cordal que me estaba levantando la muela de al frente, me recomienda un cirujano oral y allá voy.  Fui para una orientación con mi hermana y, como estaba en plena adolescencia, fui al médico en blusa sensual, tacas y maquillada hasta más no poder. Cuando me hacen la evaluación, el cirujano me dice que me tienen que sacar los cuatro cordales y, como me iba en menos de una semana, me tenía que operar allí mismo. Laura, siendo el único adulto que me acompañaba, firmó los papeles y le entregaron unas instrucciones que indicaban que yo debía llevar flats, debía llevar blusa con mangas y yo tenía una blusa strapless y debía haber llegado en ayuna, cuando antes de llegar a la oficina nos habíamos hartado de un Whopper de Burger King.  Me meten la anestesia por las venas y de repente veo cómo la pared frente a mí comienza a moverse, trato de hablar y no podía, empiezan a salir maripositas y en la pared, un camino dorado como del Mago de Oz.  Al rato, abro los ojos y veo a cuatro cabezas y una aguja que entra y sale de mi boca.  Me dije: “Quédate bruta y ciérralos de nuevo”. Una enfermera me levanta y me tira en los brazos de Laura. No había despertado y me tambaleaba como monigote en plena prueba de choque. Mi hermana no podía conmigo y los profesionales de la oficina médica me sacan por una puerta trasera para que los demás pacientes no me vieran. Estaban ubicados en un segundo nivel y mientras mi hermana me arrastraba por las escaleras, un buen samaritano le ofrece su ayuda. Paniquié a su hijo que gritaba llorando: “¿Papá que le pasa?”.  Era como una figura exorcisada en pleno pueblo de Mayagüez. Mi hermana le dice al nene: “No te asustes, es que ella se acaba de sacar los cordales”. Y desde ese momento sé que ese niño tendrá la dentadura podrida el resto de su vida. De camino a casa, le digo a Laura mil cuentos que ella no entendía. Cuando por fin llego, abuela me visita con un caldo de paloma como el que le hacían a Tito Trinidad, me lo tomé y seguí durmiendo. Mami entra al cuarto, me saca las gasas ensangretadas de la boca y pregunta porqué tengo el puño cerrado.  Me abre la mano y saca un sobre amarillo.  Cuando lo abre, encuentra mis cuatro cordales y sale gritando a punto de vomitarse.

Es por eso que, mientras la medicina siga siendo un negocio, no voy a creer en ella. Mientras la cirugía plástica se nutra de complejos provocados por la publicidad, tampoco. Soy más mujer por lo que he vivido, no por las pocas arrugas que tengo en la cara. Soy hermosa por lo que he aprendido, no porque tengo el estómago plano. Me aman por el color de mi alma, no por el tamaño de mis senos. Pero tampoco juzgo a la que necesite tener el estómago plano para sentirse hermosa, a la que se siente más mujer sin arrugas en la cara y a la que quiera los senos grandes para caminar comiéndose el mundo. ¡Arriba las tetas, arriba los dientes que callan los complejos y arriba la Percocet que adormece el dolor de no ser felices mirándonos al espejo!